Tres / Misión – Leticia El Halli Obeid

Tres

Llegué temprano a la terminal, mi madre me estaba esperando y apagaba el pucho, apurada por abrazarme en el frío de la mañana. Cuando salíamos alcancé a ver el monumento al inmigrante, un hombre con arado y un caballo fuera de proporción, de un cemento amarillento y sudado. Recorrimos los 30 km de asfalto poceado hasta el pueblo; en la niebla húmeda el campo parecía de felpa y entraba olor a leña por la ventanilla. Tras la noche de vigilia en el colectivo, los colores se me aparecían en mosaicos: verde del trigo brotando, el siena jugoso del barbecho, los pastos quemados, se engastaban en el gris azul de la cabina del auto. En la casa encontré, como siempre, algunos muebles cambiados de lugar y mi madre me mostraba ansiosa el tapizado nuevo, los cuadros que colgó hace poco, la mesada que reemplazó en la cocina. El recuento de esos cambios es su ritual de bienvenida.
Esa noche comimos bagnacauda, de parados, como si fuera una competición deportiva. Después caímos resoplando en nuestras sillas y la Tía Gorda se retiró a ver Susana Giménez, pegada a la pantalla porque se está quedando ciega. Antes dijo su frase de siempre “A los postres va a hablar la señora de Sixto Cortés”. Esto cobra sentido cada vez que ella cuenta la anécdota completa: que muchos años atrás, este señor invitó a la gente del pueblo a comer y los agasajó tanto que todos estaban contentos y asombrados del lujo de la cena; al final el anfitrión se para y anuncia que su esposa va a hablar y ella les pasa la cuenta por la comida. Si uno pregunta, la Tía lo vuelve a contar como si fuera la primera vez y hace bien porque siempre es una cosa que hemos dejado de saber.
Cuando todos se fueron, lavamos los platos y nos dimos una vuelta por el bar. Nos miraron como si fuéramos dos yetis que bajan de la nieve. Raras. Esta palabra, que no quiere decir nada, yo la pienso para ese contexto de la siguiente manera: cualidad de haber cruzado una barrera del sentido común.
Al final el viaje cuajó como una joya líquida, un chorro de esmalte que solidificó con los días: las charlas entrecortadas, el frío, el olor del aire, la gastronomía sin tradición que cultivan mi madre y mis tías, las excursiones a las colmenas. La hermana de mi madre me llevó a ver sus abejas en el campo.  La he visto apasionarse sucesivamente por el tenis, el asado, la bicicleta, la pesca, la internet, la fabricación de cerveza casera.  En todas estas variantes se vuelve fanática y evangelizadora. La acompañé por curiosidad y porque me ilusioné con la belleza de la escena. Había un sol rasante y el viento nos silbaba en el tejido de los trajes, parecíamos astronautas.  En un bidón grande llevábamos un jarabe espeso para alimentar a las abejas y un fuelle para tranquilizarlas con humo. El jarabe saltaba en borbotones gruesos y las abejas arracimadas formaban una piel, suave como una liebre.  Mi tía movía sus manos pequeñas y finas, en un movimiento algo hombruno que me recordó que cuando yo era niña adoraba verla jugar al tenis, luchar con la manguera del limpiafondo, o manejar algún auto a los barquinazos. Yo le admiraba esa mezcla de elegancia y rudeza y esa forma de marchar con un conjunto de objetos tintineantes a su alrededor.  Tiene una torpeza muy diferente a la de mi madre, que se cae y rompe cosas estrepitosamente pero se levanta rápido con un pudor de señorita que sufre más la vergüenza que el golpe. En común ellas dos siempre tuvieron una especie de resignación a que las cosas no funcionen bien. Dígase máquinas, relaciones, vehículos, mecanismos varios.
Antes de irme volví a entender que esa mezcla de liviandad y derrota, de escepticismo y candidez que ellas han juntado en la vida diaria, esa capacidad de dejar que las cosas pasen de largo o se vayan convirtiendo en otras cosas, es una virtud de adaptación al vacío de ese paisaje donde todo puede suceder y ser llevado por el viento, donde las personas, los árboles, los animales y las edificaciones son juguetitos desparramados en un gran paño sin arrugas. Unas palabras se me agolparon en la lengua, no las pronuncié pero las oí: ya estamos listas para la poesía. Este abandono es, estos brazos caídos-vaciados-livianos.

Buenos Aires, 2005.

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Misión

Javier, el primo de mi madre
ése del que mi bisabuela dicen que decía
es triste, va a sufrir
ya se le ve en los ojos
tenía en su cuarto
un poster de los astronautas del Apollo,
sobre la madera en listones
la foto plastificada brillaba.
De ojos desmedidos
más que tristes, alemanes,
-pues podría haber nacido napolitano,
como su padre, Tío Elio, pero no,
había heredado lo peor: los Henze, una
familia de locos.
Además lo cultivó.
En un baile en Cintra, Las Varillas
o Chilibroste, una de esas noches
de cuarteto y Fernet
justo en esa línea cambiante que divide
la pampa húmeda de la seca,
en la llanura cordobesa,
a su compañera de danza le dijo:
-soy veterano de guerra -de qué?
-Vietnam
La chica esperó un ratito y a la primera
pirueta cuartetera
se desmaterializó
elegantemente.
(Yo hubiera hecho lo mismo)

Me pregunto si, tal vez
de haber nacido un poquito más allá
el “guacho Steffanoli”, pintor de casas y piletas,
chef, marinero, nada nunca mucho tiempo
hubiera llegado a ser, no sé
astronauta en vez de loco del pueblo,
parkinsoniano imaginario
hasta que una de las Gassman, la menor, le dió una hija
que vino a curarle los temblores.
Esto fue recientemente
y no se sabe cómo sigue.

La imagen en cuestión

Puestos a posar
tres hombres obedecen.
Con los bordes de sus cuerpos
cierran un triángulo
un perfil de montaña
dos laderas, un pico y detrás,
envasada al vacío
la luna,
arrastrada hasta el estudio
en la foto, como un escudo en reverso
les protege la espalda
de toda superstición,
y del mal de ojo.

Próceres romanos en pleno siglo XX
para aquellos ciudadanos convencidos
de que heredaron el look del Imperio
si no la forma de mirar por lo menos de lucir
(y es que todo se puede
con el corte de pelo correcto
rulos esculpidos en mármol, telgopor
o unos laureles de hollywood
en su variante más épica)
Y esos trajes blancos
suaves como pétalos
de petróleo refinado hasta el nácar
con olor a nylon
a paño tibio
un hogar wherever I may find myself
con enchufes de juguete
y apellidos bordados en el pecho
ARMSTRONG
ALDRIN
COLLINS
las manos reposan en los cascos
como bolas de cristal, adivinando
y en el hombro
una bandera en miniatura
e.e.u.u: tres colores
un solo corazón

Neil
el vértice de la izquierda nos sonríe
con una piel tirante de feto animal
tímido y excitado
como una novia virgen

pura ilusión

puras ganas de ser un niño bueno
él – y salir bien en la foto
sólo él
muestra los dientes
y debe ser por eso que llegó
a primer hombre en pisar
la luna
-oportunidad que no puede duplicarse
a menos que se dicten subcapítulos
para la hazaña: primer hombre paraguayo
primer hombre con gato
primer hombre musulmán
en pisar la luna

Sea como sea
se ganó amablemente y
para siempre
nuestra memoria terrícola.
Neil Armstrong
es
el primer hombre que pisó la luna

Edwin
del otro lado
Buzz Aldrin
zumbido de abeja.
Su sonrisa no parece retrasada
tampoco mira exactamente a cámara
parece más bien entretenido
en algo que ocurre en el costado
no tan creyente
pero igual poniendo el cuerpo
el buen humor.
De premio le dieron
el segundo turno
de pisar el suelo de talco.
Hijo del medio, dulce y sólido
de labios generosos y manos cruzadas de venas
como arbolitos y un anillo
¿de piedra lunar?
Extravagante coquetería
interrumpiendo la sobriedad
programática

Michael
al centro Collins
de mirada sensata, cuello fino
y una pincelada de azul
bajo los ojos
tal vez estaba ya sabiendo
que le tocaría
quedarse esperando
como una buena esposa
que vuelva la familia
del trabajo, la escuela
de la luna
Quizás habría ya empezado
a tomar unos somníferos
o ¿recurrió a la fe? para aceptar
la dura misión, la más difícil
de todas: no dejar la nave.
Lo que él logró fue único también:
no es cosa de todos los días
ni pesadilla para débiles
estar y no
del todo en la luna.

El color en cuestión

Azul entonces
en los trajes, los broches,
las pupilas, cielo al fondo
y los mares secos de la luna.
Limpieza, liberté
hielo para la asepsia
la no-atmósfera,
es decir.
Blanco para feroz igualdad
de esos sueños protestantes
parejos, geométricos, opacos pero nunca
oscuros ni turbia
la pasión que pondrá, en cambio,
el Rojo:
de la fraternidad,
la sangre que bombea al unísono
no importa si en la luna o aquí,
en Texas, Córdoba, Iguazú.

Y cómo practicaron

Los vestían, los
inflaban, pesaban
y con una aspiradora
hasta el agua sobrante
les habrán
quitado.
Al final, mansitos ya
les ponían la pala en el guante
para imantar piedras del suelo
pequeñas al principio
luego cada vez más pesadas.
Que las manos, que los brazos
pudieran articular tendones
nunca usados
para que la luna
no les tomara por sorpresa

Al fondo, donde la piedrita termina
dos oficinistas de camisa
manga corta
y corbata en reposeras fuman,
miran
ríen de la torpeza que obliga
a una lentitud acuática,
calor en los músculos
sudor dulce, ácido
aceitando el giro rápido de esos
cerebros
dentro de los cascos
bolas de adivinación
puestas a girar en los primeros meses del ‘69
brilla la imagen, la foto
en las retinas
de Neil, Edwin, Mike
se saben material de afiche
¿imaginan los colores?
para Javier
para una niña, dos, tres, mil
millones de retinas
recordando
después, algunos años,
algo que nunca vieron
pero ya
conocen
desde entonces.

Buenos aires, 2005.

Leticia El Halli Obeid (Córdoba, 1975)
Su trabajo se desarrolla entre el video, el dibujo y la escritura.
Estudió en la Escuela de Artes de Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Fue residente en Atlantic Center for the Arts, E.E.U.U. (2001), en Cité Internationale des Arts, París (2007) y en Casa Vecina, México (2011). Entre sus muestras: Entre siempre y jamás, Pabellón Latinoamericano, 54. Bienal de Venecia (2011), Buenos Aires- Historias de las Calles, Kunstverein Wolfsburg, Alemania (2011),  Menos tiempo que lugar, itinerante por Latinoamérica, 2010-2011, Conversas, Bienal del Mercosur, Portoalegre, 2007, Premio Petrobrás 2006, Arteba, Buenos Aires.
En 2010 recibió el Primer Premio en el Concurso Nuevos Narradores, otorgado por el centro Cultural Rojas, Universidad Nacional de Buenos Aires.
Vive y trabaja en Buenos Aires, Argentina.

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