Trapecio y otros textos – Fernando Laser

Trapecio

el balanceo distorsiona, pero no su mano al empujar
colgado, ve la belleza
los labios rojos y el flequillo derecho
se miran, y se esconden
¿existe una distancia inexistente o inexiste una distancia?
ella piensa que sí
cada momento los continúa transformando en nada
lejos
sólo en esas cuatro mañanas la distancia
no se pudo medir

Derrame

Recostado boca abajo, las manos en el mentón, miro a través del ámbar de la cerveza, la espuma que rebalsa, me hace cosquillas.
Por la ventana las hojas de la enredadera no pueden trepar. En cambio, las grietas de la pared llegan hasta la cornisa y se continúan en el cielo, rojo.
El ojo estalla, no hay hechizo que lo calme. Gira y gira, absorbe su alrededor, y cae. Podría armar un sinfín de palabras pero las deja tranquilas, en sus capullos.
Exagera un poco, está en su ser, en su ocularidad.
Una ráfaga de aire dulce detiene la caída.
Lo que parecía un volcán, era un volcán.

Vuelvo

Sabía que se estaba moviendo. Estaba mirando hacia el horizonte, libre hasta ver un pequeño barco, un punto que debía ser un barco grande. Atrás el susurro de viejos edificios quería empujarme, pero la figura de una nube rojiza me inmovilizó hasta sentirme parte del paisaje, haciendo que esa fuerza pasara de largo.
El ruido de un automóvil me despertó de ese ensueño, di tres pasos atrás y me dirigí hacia el mercado. Era muy temprano, pero podía aprovechar a elegir el lugar exacto. Cuando hay mucha gente no se puede hacer, era una buena oportunidad para decidir sin que los demás lo hicieran por mí.
Pasaron dos señoras caminado despacio delante mío, a sólo unos metros, tomadas del brazo. Me retrasé un poco para seguirlas sin que se dieran cuenta. Aproveché a encender un porro, una tuca que tenía en el bolsillo del saco, y seguí caminando, despacio, al paso de ellas. Una era muy bajita y tenía un bastón de madera con punta de goma, no podía ver si el mango era de los curvos, con una bocha o simplemente sin nada. La otra era más joven, tenía el mismo color en el cabello, no distinguía bien cuál era ese color, ya que el reflejo rojizo lo confundía, creía que era un blanco platinado o grisáceo. Se las veía muy parecidas, como si fueran madre e hija. Se detuvieron un instante, y la más bajita apoyó el bastón contra la pared de la rambla. Metió su mano en el bolsillo del saquito blanco perlado que llevaba puesto. Le llegaba justo debajo de la cintura, seguramente lo había tejido ella. No pude ver bien qué era lo qué había sacado. Un poco más cerca hice como que me ataba los cordones de las botas y alcancé a ver la llama con la que encendía un cigarrillo. Lo pitó un par de veces, expulsó el humo y volvió a pitar. Nunca había visto una mujer prender un cigarrillo de esa manera, era muy sensual. Me quedé mirándola absorto. Ella siguió fumando, agarró el bastón con la otra mano mientras la mujer joven la tomaba del brazo y continuaban caminando, esta vez en dirección contraria. Yo me había sentado en un escalón contra la pared, había terminado la tuca. Sólo me dediqué a mirarlas. Pasaron delante de mí y la mujer vieja tiró lo que le quedaba del cigarrillo junto a mi pie derecho. Me miró a los ojos, me sonrió y siguieron hasta que las perdí de vista. Me llamó la atención lo parecidas que eran, la relación que tenían. Trasmitían una energía que yo no llegaba a comprender. Nunca más las volví a ver caminando por la rambla.
Ya el sol iluminaba casi toda la bahía, desde donde yo estaba se distinguían las grúas del puerto. Faltaba poco para llegar al mercado. Empecé a sentir el olor a las tortas fritas y al pan tostado que salía de alguna ventana. Se confundía con ese agradable y aún extraño aroma de las cercanías  de un puerto.
A medida que clareaba, pasaban cerca personas que iban temprano hacia el mercado o quién sabe a dónde. A alguno lo cruzaba nuevamente ya dentro del mercado, tomando unos mates en los puestos, fumando un cigarrillo o en algún baño improvisado, a otros ya no los vería nunca más. Al que siempre encontraba era a un tipo con una boina gris y una barba entrecana no muy tupida, siempre con su bicicleta verde despintado y llevando puesta una capa estilo inglés. Nunca le pregunté su verdadero nombre y eso que varias veces coincidíamos en la elección del lugar, sabía que le decían Tavo, imaginaba que sería por Gustavo, yo siempre le decía Don Tavo.
Terminé de cruzar el Puentecito de la Diez y pasó él, me saludó con una agachadita de cabeza, yo estiré mi mano derecha y dije Adiós Don Tavo, nos vemos luego.
Ya se veía el portón, siempre quedaba entreabierto, la piedra que lo trababa por debajo del cerrojo se corría, nadie la acomodaba.
No quería verla, eran de esos días en que no quería ni siquiera cruzarla. Mientras acomodaba la piedra del portón escuché los pasos de alguien que se me acercaba, levanté la vista. Ella se había parado justo delante de mí, mirándome como siempre lo hacía, con una sonrisa suave, y puestos sus ojos negros, brillantes, sobre los míos. Era tan bella que me sonrojaba al verla. De repente el portón comenzó a cerrarse y me golpeó en la espalda haciéndome casi caer sentado. Ella dijo buenos días, se dio media vuelta y caminó hacia el mercado. No pude ni siquiera saludarla, me quedé contemplando impávido, con esa sensación de no saber qué hacer.
Era el cielo y el infierno. La miraba avanzar por el caminito de piedras que daba a los puestos de los artesanos. Todos la saludaban y ella los saludaba a todos.Tenía el pelo negro y no era muy alta. Su figura rellenita, ondulada y su piel casi morena que le daba un toque primitivo, simple. Me impactaba.
Desde que habían empezado a reparar la fuente de agua, que ya hacía mucho tiempo que no funcionaba, se detenía en el mismo lugar. Justo donde había dos tipos trabajando. Uno de ellos, el más alto, se encargaba de la parte eléctrica y cañerías. El otro, el rubio de pelo largo, arreglaba las rajaduras y las roturas del cemento. Con él conversaba un poco más. No todos los días, ni en un momento particular. Pero tal vez ella buscaba ese momento y a veces era él que pasaba caminando frente al puesto donde ella trabajaba. Esto empezaba a inquietarme pero no le daba importancia.
Ya en el interior del mercado, comencé a mirar a mi alrededor, quería encontrar dónde  ubicarme. Ahí lo vi a Don Tavo acomodando sus bártulos frente a la fuente, en la que se juntaba la gente a almorzar o a merendar. Hacia un lado, el sur, se podía ver el acceso y hacia el norte la última torreta donde estaba el mástil que indicaba el comienzo del puerto. Todo el tiempo pasaba gente. Siempre me cruzaba con alguien conocido. A nuestras espaldas la bahía. Esa hermosa bahía que tantos encuentros y desencuentros vio. El primero y el último beso. Cuando contemplaba la bahía desde ese lugar me preguntaba cuál era mi amor, si yo alguna vez había estado enamorado o si lo volvería a estar. La imágen de ella se aparecía en el agua.
Me acerqué a Don Tavo, le estreché la mano, la tenía muy fría. Dejé el saco junto a su bicicleta y caminé hacia la pared amarillenta que bordeaba el mercado. Alcancé a ver el pequeño barco que seguía ahí, navegando. El sol ya reflejaba fuerte en el agua, el reflejo me atraía como un imán. Ya empezaba a sentirme parte de lo que veía, cuando esa voz me hizo volver. Giré hacia la fuente y la vi, estaba radiante, tan atractiva como el reflejo del sol en la bahía. No podía evitar mirarla, quería acercarme, hablarle, que supiera quién era, que me conociera realmente.
Pocas veces habíamos podido hablar y sólo una de esas veces estuvimos un largo rato. Nos sentamos en la fuente, justo en uno de los lugares que más me gustaban del mercado. Faltaba poco para que empezaran a cerrarse los puestos. Ese había sido un día extraño, el cielo estaba de un color gris que se confundía con el empedrado de la calles y se acomodaba sobre nosotros, presionándonos casi. No había tampoco mucho movimiento de gente. No recuerdo bien si era jueves o viernes; sí recuerdo las caras de los puesteros, preocupados por tener que quedarse con mercadería que no pensaban. Ese día hablamos de lo que estaba pasando en el mercado. Los dos sentíamos lo mismo, una rareza en el aire, una mezcla de olores de especias. El viento nos rozaba desde al agua y  su pelo se movía sobre sus ojos. Tenía que descubrirse la cara constantemente, lo hacía con la mano, la que tenía ese anillo plateado con la piedra de color púrpura. Deslizaba entre sus dedos el cabello llevándolo hacia atrás.
Me contó la historia de su familia. Que eran de Paysandú y que pasaban casi todos los días de su vida cruzando el puente, llevando y trayendo cosas. Ella odiaba eso, no quería saber nada, no le gustaba vivir allí. Todo el tiempo con la humedad y el río invadiendo su casa. Contaba que de muy niña disfrutaba mucho vivir en la costa, jugar en el agua con sus amigas, pero cuando cumplió los once tuvo que acompañar a su padre a cruzar el puente. Luego de unos años había cargado tantas  bolsas que comenzó a sentir que se distanciaba de su lugar, que lentamente se alejaba. Ese recuerdo le causaba melancolía, extrañaba mucho a su padre. Nunca superó su muerte a pesar de que la deseó durante un tiempo. De su madre y hermanas no me contó mucho, sólo que vivían con una tía. Yo la escuchaba atentamente. Me metía en esa vida como si hubiese compartido algún momento, jugando cerca del río o cruzando el puente. Nunca había estado en Paysandú, no conocía la ciudad. Una vez  había pasado  navegando, alejado de la costa. Se divisaban silos, edificios y grúas del puerto, también la torre de alguna que otra iglesia. Recordaba que me había llamado la atención una cúpula color verde, seguramente de bronce oxidado, que se asomaba por detrás de unos sauces grandes. Le pregunté si ella la conocía y me dijo que era la cúpula de la catedral que quedaba sobre la calle frente a uno de los lados de la plaza, opuesta al edificio municipal. Yo le dije Igual a lo que tenemos acá. Ella sonrió. Ese día de mí mucho no había hablado, había dejado que hablara, quería escucharla, mirarla.
Después de aquella vez no había podido hablarle nunca más. Haberla encontrado nuevamente ayudó a decidirme. Aún estaban terminando de armar los puestos, podía intentar acercarme a ella. El corazón me comenzó a latir cada vez más rápido, sentía la sangre fluir con más velocidad. Caminé tratando de disimular mi estado. Ella conversaba con una mujer que estaba subida a su bicicleta con una niña sentada en el caño, cada tanto me miraba. De pronto la mujer siguió su camino. Ella se dio vuelta y quedamos enfrentados. Nos miramos a los ojos y nos saludamos con un beso. No sé de dónde saqué el impulso. Le dije que tenía ganas de encontrarme con ella a la salida del mercado, que podía ser en un bar que me gustaba cerca de la rambla, frente al monumento a los pescadores. Podíamos tomar unas cervezas y comer algo. Se sorprendió. Su sonrisa me invadió. Pensó un instante y me dijo que le gustaría, que esa tarde le era imposible, pero que al otro día nos veríamos a la salida. Tuve una doble sensación, frustración y alegría. Entonces mañana, le dije. Luego hablamos sobre el buen clima que había y cómo favorecía a los puesteros. Le pregunté si la señora de la bicicleta no era la que tenía el marido en la cárcel por el robo de la farmacia y enseguida nos despedimos. Tenía que esperar hasta el otro día. No escuché nada de lo que me dijo sobre la señora de la bicicleta, me sentía con la obligación de hablar de algo pero quería desaparecer. Eran dos días enteros, la espera iba a proyectar en mi cabeza imágenes, palabras, frases, diálogos que no me dejarían en paz hasta que nos encontráramos caminando hacia el bar.
Ella volvió al puesto donde trabajaba en el sector de los artesanos, vendía libros usados que traían desde Brasil y Argentina. Había muchos libreros y otros que vendían antigüedades, vajilla, adornos, se podía encontrar de todo.
Tenía que buscar mis herramientas y materiales para comenzar a armar mi espacio. Volví hacia donde había dejado mis cosas, busqué dentro de la alforja las llaves del  candado con el que cerraba mi baúl. El baúl lo guardaba en el galpón que el municipio nos daba en el predio. Era un lugar muy grande, de una suave claridad y bastante frío incluso en verano, con piso de cemento y ventanas de vidrio repartido que lo rodeaban por la parte alta. Estando adentro parecía que el cielo lo abrazaba. Cuando entré me encontré con un hombre al que no conocía. Recuerdo perfectamente que tenía un saco gris y unos pantalones marrones con zapatillas tenis. Me saludó. El tipo estaba parado frente a un viejo armario de roble casi pegado a la puerta. Nunca supe de quién era ese armario, quizás este hombre era su dueño. Me saludó nuevamente. Yo iba pensando cómo sería el encuentro, caminando con ella por la rambla, así que apenas le hice un ademán con la mano para no quedar mal. Me dirigí tranquilo hasta el baúl, lo abrí y saqué la bolsa que tenía mis herramientas, las calabazas y accesorios, también el saco con los mates ya terminados. Aprovechando que nadie me veía me armé un porro, todavía me quedaba un poco de lo que había comprado una semana atrás. No sabía si a ella le gustaba fumar, pensaba en que si la noche y las estrellas nos acompañaban, le convidaría. Saqué unas cosas más que necesitaba, un pincel, papel de lija y cerré el baúl. El hombre seguía ahí, ahora sentado de espaldas al armario leyendo una revista. Pasé por al lado, esta vez no nos saludamos, sólo pude ver que giró la cabeza cuando yo ya estaba cerrando la puerta.
Al llegar a mi lugar no lo ví a Don Tavo. Pero su bolso y bicicleta estaban ahí. Seguramente se había ido a buscar un poco de azúcar o yerba. Me puse a fumar. Ya comenzaba el movimiento, así que tranquilo acomodé mis cosas y empecé a trabajar sobre unas calabazas. Se las había comprado a un puestero que tenía su propia huerta y me traía las de mejor forma. Al rato volvió Don Tavo con sus frascos de vidrio cargados, me preguntó si lo acompañaba con unos mates.
Un niño trataba de volver a poner la piedra del portón de entrada en su lugar, se le movía de un lado a otro hasta que lo pudo trabar. Me hizo acordar cuando de chico mi mamá me traía al mercado a visitar a mi papá que se encargaba de controlar a los puesteros de mercadería fresca. Yo lo veía revisar los cajones de pescados, frutas y verduras. Venía feliz, siempre me gustó el mercado. Veníamos tres veces a la semana, no sé bien por qué siempre eran los mismos días. Me encantaba ver a los artesanos hacer su trabajo; cómo atendían a los clientes; escuchar de qué hablaban; y cómo, cuando caía la noche, cerraban sus puestos y se marchaban juntos a beber y a comer. Pensaba que sería divertido escaparme y seguirlos para ver qué hacían en los bares, pero nunca lo pude hacer. Volvíamos los tres juntos a casa una vez que mi papá terminaba su día. Salíamos del mercado atravesando el mismo portón, caminábamos un rato y al llegar a la esquina de Vilardebó, tomábamos el 78.
Don Tavo estaba en su día, no daba abasto con sus artesanías en cobre y alambre. Se lo notaba contento. Yo había tenido suerte también. Pude vender unos cuantos mates y de los caros. Tenía que ponerme a terminar algunos más. Sentí que la mañana era eterna, el gentío infinito.
Ya quedaba cerca el momento de almorzar. Había menos gente dando vueltas. Siempre eran dos o tres horas en las que llegaba la calma y nos juntábamos cerca de la fuente o más hacia el puerto donde unas acacias hacían una linda sombra. Sentía ganas de que apareciera, pero ella no era de ir siempre al mismo lugar. Tal vez vendría a la fuente para charlar con ese tipo. Me hubiese gustado que apareciera para mí, como la  estrella titilante que en las noches veo por mi ventana. No vino, la busqué. En su puesto tampoco estaba pero encontré a Ángela, la  señora que a veces la reemplazaba. No sabía decirme  para dónde había ido, solamente que volvería más tarde. Traté de que eso no me molestara. Si ya habíamos quedado en estar juntos al día siguiente…
Almorzamos con Don Tavo junto a una señora amiga de él, Margarita. Ella cocinaba y había traído unos escalopes que los comimos en sándwich, con lechuga y tomate en un pan casero que hacían entrando al puerto.
Me dieron ganas de tirarme un rato al sol, fumar, dejarme llevar por la brisa del mercado. Fui para el galpón. El hombre que había visto en la mañana todavía estaba ahí, sentado de espaldas al viejo armario de roble. No le di verdadera importancia e hice que buscaba algo en mi baúl mientras preparaba el papel y la hierba para fumar. Bajé la tapa, cerré el candado y me fui. El estaba inmutable, y siguió así mientras yo salía del galpón. Le pregunté a Don Tavo si conocía a este hombre y me dijo que no lo había visto.
Me acomodé sobre la pared de frente al horizonte, el sol me adormecía y no podía mantener los ojos abiertos. Fue una extraña sensación, no me di cuenta si había dormido, no recordaba los sueños.
Nuevamente el mercado empezaba a moverse, el sonido de la gente se hacía notar. Por la tarde, el ruido y las voces, se sentían con más fuerza. Aún no sabía nada de ella y me inquietaba. Comencé a juntar los mates que había terminado y las herramientas, ordené un poco el lugar y me senté. Observar a las personas moverse y hablar me fue sacando de ese estado.
Vi entrar con agrado a las dos señoras que había encontrado temprano. Caminaban lentamente hacia la fuente. Esperaba que al estar sentado allí me reconocieran. Se quedaron mirando hacia la bahía. La más joven encendió un cigarrillo y la anciana repitió aquellos mismos movimientos de sacar su atado del bolsillo del saquito blanco perlado. Tomó uno y lo prendió, nuevamente con esa sensualidad que nunca había visto en una mujer de su edad. Embelesado con esa imagen me acerqué. Quería escucharlas, quería verlas de cerca, quería ver y escuchar a la más vieja. Me apoyé en el borde de la fuente como pidiéndoles permiso. Ella me miró, tiró lo que le quedaba del cigarrillo junto a mi pie derecho y se sonrió. Tomó del brazo a la más joven y se fueron despacio hacia el portón. Me quedé desconcertado, pisé su cigarrillo y las vi alejarse. Fui a levantar mis cosas para llevarlas al baúl. Quería irme a casa, recostarme en la cama y ver mi estrella y su titilar. Todavía faltaba una hora para el cierre En el galpón, el hombre del armario de roble estaba parado casi en el centro, mirando hacia la puerta. Atiné a saludarlo pero justo dio media vuelta. Su actitud era extraña, pero no le di mayor importancia. Apoyé mis cosas en el piso, me colgué la alforja y busqué las llaves del candando en mis bolsillos. No las encontraba. Me fastidiaba un poco esa situación, revisé en la alforja y tampoco estaban. Miré alrededor por si se habían caído, pero no. Revisé nuevamente en los bolsillos y cuando el fastidio aumentaba, vi las llaves puestas en el candado. Fue un alivio. No quería tener que ir a buscar las llaves afuera o romper el candado. Me había pasado una vez y me robaron casi todo lo que tenía. Cuando levanté la tapa, escuché unos gritos. Alguien había entrado y estaba discutiendo con el hombre del armario de roble. Yo no sabía qué hacer. Decidí seguir con lo mío. Los gritos aumentaban y escuché un fuerte ruido detrás de mí, una y otra vez, como dos estampidos que me estremecieron. Creí que se había caído una tabla o un madero del techo. Sentí a la vez un intenso dolor, delicioso dolor, en mi espalda a la altura del omóplato derecho, justo debajo. Caí estremecido, de cara contra mi vejo baúl. Intenté abrazarlo pero no pude. Alcancé a ver al último hombre salir corriendo. El dolor comenzaba a pasar, no sentía nada, sólo podía ver el techo y algún rayo del sol entrando por las ventanas altas que me abrazan como nunca. Alcancé a escuchar alguna voz, algunos gritos. Vi la cara de Don Tavo, pálido,  compungido, no parecía él. Quise agarrarlo,  pero su cara se desvanecía, desapareció.
Ella delante de mí, vestida con una blusa turquesa, una cinta amarilla le recoge el pelo hacia atrás. Está hermosa, seria, dulce, la amo, se lo quiero decir. Sus ojos brillan y resaltan en el rimel corrido.
Hoy no quería verla.
Junto a ella el rostro de esa vieja mujer con su cigarrillo en la boca, fumándolo  como tanto me gusta.

Fernando Laser es percusionista, docente y gestor cultural desde su espacio Vicente el Absurdo. También incursionó en el teatro y la escritura. Es integrante del grupo de percusión e improvisación Nochilla. Ha trabajado junto a Cantores sin fronteras, El Diablo en la Boca, Maia Mónaco, y guiado sus propios círculos de tambores.

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