Mori – Silvia Malosetti

Llegué a firmar la planilla de asistencia justo unos segundos antes de que la retiraran. Acomodé la campera sobre el respaldo de mi silla y me senté, todavía sin aliento.  Esperé a que sonara algún interno pidiéndome una llamada. El conmutador persistió en un silencio mordaz.
Hacía poco más de tres meses que trabajaba en aquella multinacional japonesa.
Desde nuestra mudanza de Montevideo a Buenos Aires, sólo había conseguido empleos temporarios para hacer suplencias como dactilógrafa de máquina eléctrica. Pero un día la gerente de la agencia me entregó un papel con una dirección. En una gran empresa necesitaban una telefonista.
-Si yo no sé usar un conmutador telefónico… No puedo ir.
-Es muy simple, Elisa. Les decís que nunca usaste esa marca de conmutador y que te enseñen. No dejes pasar esta oportunidad, podés quedar efectiva.
-Pero es mentira… ¿y si se dan cuenta?
-Aprendé a mentir, mi querida. Si no, no vas a llegar a ningún lado.
Mentí, aprendí a usar el conmutador y ahí estaba, trabajando como recepcionista y telefonista, con la promesa de que me iban a tomar efectiva cuando cumpliera dieciocho. Las cosas iban bien, sabía el nombre de todos mis compañeros y no tartamudeaba ni me ponía colorada si tenía que conversar con alguno luego del habitual saludo.
No tenía un solo amigo, aunque no era algo que me molestara: de momento me sentía mejor sola. Pasaba los fines de semana leyendo o estudiando en mi cuarto. Eso me ayudaba a no pensar demasiado en el borroso porvenir.
Aquel día había poco trabajo en la oficina, así que me alegró mucho ver venir por el pasillo al hombrecito calvo. Traía un papel en la mano. Cubierto por su prolija escritura en renglones separados. Cuando estuvo frente a mí, plegó la hoja y, tomándola con ambas manos, me la entregó con una breve reverencia. Luego me sonrió y pronunció el usual buenos días, señorita Elisa. Hizo otra reverencia seguida de un muchas gracias y se fue por donde había venido. Yo esperé a que se perdiera de vista para desplegar el papel, y me puse a leer el cuestionario. Me encantaba sentir la importancia de mi tarea de enseñar castellano al vicepresidente de la empresa. En esos momentos yo no era una persona invisible, era alguien cuya opinión y criterio importaban. Tenía que interpretar frases en lunfardo o giros del idioma y tratar de explicarlos dándoles un sentido y un por qué. De modo que mientras iba revisando las preguntas iba paladeando el placer de las respuestas.
Mi relación con el Sr. Mori era muy especial. Supongo que porque yo tenía diecisiete años y él hubiera podido ser mi padre. Me lo habían presentado cuando entré en la compañía, y al principio sólo nos saludábamos cortésmente cada vez que pasaba frente a mi escritorio o me pedía alguna llamada. Siempre almorzaba solo, en su oficina, comida japonesa que le traían puntualmente a las doce y media. Luego, dormía la siesta en la sala de reuniones. Durante una de las habituales celebraciones que organizaba la compañía le presté atención por primera vez. Nos habían tocado asientos contiguos en la mesa. Él empezó a charlar sobre temas triviales, pero, cuando comprobó que yo apenas contestaba con monosílabos o frasecitas amables, cambió de táctica.
-Señorita Elisa, ¿le gusta leer?
-Sí, por supuesto.
-Bueno, no a toda la gente le gusta leer. Usted sabe, hice esta pregunta a muchas personas y todas contestan que sí, pero  yo sé que pocas leen.
-Ah, ¿sí? –dije riendo-. ¿Y cómo lo averigua?
-Pregunto cuál es autor preferido –dijo con sonrisa traviesa–. Y casi ninguno sabe qué contestar –me miró–. ¿Cuál es autor preferido?
-Chesterton.
-Ah… A mí también me gusta Chesterton. Soy Licenciado en Literatura Inglesa.
Lo miré asombrada.
-¿Y no trabaja en su profesión?
Me dedicó una risita breve, de esas que los japoneses sueltan cuando algo los desconcierta.
-Es una buena pregunta. Terminé universidad con buenas calificaciones. Entonces, me llamaron de esta empresa. Es un buen empleo.
En su tono suave y con una pronunciación lenta y cuidada me contó que estaba solo en Buenos Aires. Su familia ya había regresado al Japón y él volvía en pocos meses. Hablamos horas de Chesterton, que los dos habíamos leído mucho. Y cuando dijo que jugaba al golf yo estaba fascinada.
-¡A mí me encanta el golf! A veces, cuando puedo, lo veo por televisión. Pero claro, no lo juego. Es que es muy caro.
-Otra tarde vi que estaba escribiendo letras japonesas. ¿Alguien está enseñando?
-Nadie en particular. Pregunto a mis compañeras cómo se dicen y escriben algunas palabras. Me asombra que los nombres tengan significados. ¿Su apellido quiere decir algo?
Sus ojos se volvieron más oscuros, expresaron alguna emoción que no entendí.
-Sí. Mori significa “bosque”.
Me sonreí con placer, pero no dije nada.
El Sr. Mori titubeó un instante; hizo girar su copa entre los dedos mientras miraba el reflejo de la luz sobre el cristal. Pareció decidir algo y se volvió hacia mí.
-Estoy leyendo un libro que me gusta mucho. Boquitas Pintadas, de Manuel Puig. Pero tengo problema: no entiendo muchas de las oraciones y las palabras de lunfardo. ¿Le parece mal ayudarme a aprender qué quieren decir esas palabras?
-¡Por supuesto que no! –contesté, quizás una décima de segundo tarde, con una sonrisa que no se proyectó en mi mirada.
Era difícil que pudiéramos juntarnos para que yo le diera clases, porque mi horario de trabajo y mis estudios me dejaban libre solamente un par de noches por semana, y verlo a esas horas para mí era impensable. Pero él dijo:
-Quizás a usted no le molesta si yo le entrego, dos veces por semana, una hoja con varias preguntas y usted pone respuestas también en una hoja. Claro, le pagaría por su servicio.
-Bueno… -lo pensé un momento- Está bien.  Ojalá le sirva lo que yo le explique.
-Por supuesto que sí, señorita Elisa. Muchísimas gracias a usted –inclinó la cabeza y sonrió ampliamente.
En aquellos días, yo era una persona solitaria e introvertida. Me costaba mucho permitir cualquier acercamiento por parte de mis compañeros de trabajo. El miedo era amo y señor de mis palabras, mis iniciativas, mis actitudes. De alguna manera, aquel hombre, tan diferente a todos los hombres que yo había conocido, intuía cuál era la forma de llegar a esa adolescente arisca y desconfiada: la zona de mis sentimientos estaba vedada, pero la del intelecto no. Nos encontrábamos una vez por semana, a la salida del trabajo, en una confitería a dos cuadras de la oficina. Él leía con atención lo que yo había respondido y me hacía alguna que otra pregunta si algo no le había quedado claro. Luego seguíamos charlando un rato, un poco de mi vida en Uruguay, del divorcio de mis padres, y otro poco de él, su vida en la Argentina, sus planes para el futuro. Cuando habían pasado unas dos horas, el Sr. Mori pagaba la cuenta, se ponía de pie y, con ceremoniosa reverencia, me entregaba un sobre que contenía mi paga.
Explique por favor el significado de la frase:”Este cuerpito se pianta.”
Me había costado explicar el sentido de “este cuerpito”, porque no era exactamente “yo”: había que hacerle entender al Sr. Mori de alguna manera el espíritu canyengue implícito en esas dos palabras. Muy divertido.
Aquel sábado estaba tirada en la cama leyendo una novela policial y escuchando música cuando oí sonar el teléfono. La voz de mamá decía “¿Cómo está usted, Sr. Mori?… ¿Elisa?…Sí, cómo no…”. El corazón me dio un salto y sentí una contracción en el estómago. Su voz, tan suave y respetuosa, dijo que como sabía que a mí me gustaba el golf él deseaba que yo pudiese jugar. ¿Qué me parecía acompañarlo ese día a su club para que me enseñara? Mi respuesta fue espasmódica. No, gracias, hoy tengo un compromiso. Qué pena. Otra vez será. Cuando colgué mamá me miraba con asombro.
-¿Por qué le dijiste que no? ¿Acaso no decís que es un hombre encantador y muy educado? Pasarías un lindo día…
-No sé, no me animo, mamá. ¿Para qué me quería llevar a su club de golf?
-Ay, Elisa.  Está bien que seas precavida, pero no te pases, así te vas a perder de mucho. Creo que te hubiera gustado. ¿Por qué no lo llamás y le decís que sí?
-No, no importa ya. Igual, no sé su teléfono.
De nuevo en mi cuarto, me acerqué a la ventana y miré hacia fuera, donde el sol calentaba los techos sucios de los edificios. Una leve pesadumbre siguió a la sensación de que esa vez me había equivocado, de que quizás el aprender a jugar al golf en ese día soleado y cálido hubiese sido algo muy agradable. Empezó a invadirme un sentimiento que no pude identificar pero que no me gustó. Me tiré otra vez en la cama y seguí leyendo la novela donde la había dejado. Era una novela buenísima, no había forma de adivinar quién podría ser el asesino. La trama me fue absorbiendo y, de manera imperceptible, todo lo demás pasó al olvido. A los dos minutos no me acordaba del Sr. Mori.
Por favor explique: “Tal vez un vago presagio asió su garganta con guante de seda…”
Por favor aclare el significado de la frase: “…este río Leteo donde se dejan los malos recuerdos, esas almas avanzan con paso inseguro, todo les recuerda pasados tormentos, ven el dolor donde no existe, porque lo llevan dentro, y a su paso lo van volcando manchándolo todo…”
 
Durante una de nuestras charlas de café, el Sr. Mori comenzó a hablar de lo importante que es alimentar la mente con conocimientos, tanto como poner agua a una planta para que ésta pueda crecer. Dijo que él sabía que para algunas personas a veces es muy difícil poder pagar sus estudios. Agregó que le parecía que yo era muy inteligente y que podía aprender lo que quisiese, y que a él le importaba mucho que yo pudiera seguir estudiando. Por eso, había decidido abrir una cuenta bancaria a mi nombre, con cierta cantidad de dinero en ella, para que yo pudiese ir ahorrando para mis estudios. Le agradecí su generosidad casi sin poder creer lo que me estaba sucediendo. Era como si la realidad cambiase cada vez que estaba con aquel hombre, como si las reglas del juego fuesen un poco más benévolas conmigo.
Una noche lluviosa volví tarde de mi clase de francés, pero encontré a mamá levantada, esperándome. Estaba excitada, me contó de la sorpresiva visita del Sr. Mori, qué hombre encantador, lamentó mucho no haberte encontrado, te dejó todos estos regalos, qué espléndido. Yo solamente miraba embelesada: la mesita del living estaba cubierta de paquetes envueltos de manera exquisita, como nunca había visto. Una caja con jabones japoneses de color esmeralda, totalmente traslúcidos y de fragancia deliciosa, una chalina de seda en una caja que era una obra de arte, una polvera de carey delgadísima, una botellita de perfume y varios frascos de vidrio con etiquetas en japonés que contenían misteriosos alimentos. No sabía qué sentir: nunca había recibido agasajo semejante, y además venía de alguien a quien apenas conocía. No entendía el significado de estos regalos, pero reflexioné poco sobre el asunto. Abrí todos los paquetes, admiré todos los envoltorios, los estuches, los colores, los aromas.
Aclare, por favor, el sentido de esta frase: “De tanto andar sin zapatos tengo miedo que te me quedes chueco para siempre, aunque todos son chuecos los piojos como vos…”
 
Una mañana, el Sr. Mori se acercó a mi escritorio en la recepción y me entregó la hoja plegada cubierta de preguntas con su sonrisa y su habitual reverencia. Dijo buenos días, se puso bien erguido y agregó:
-Señorita Elisa, ésta es la última vez que le entrego preguntas. Yo vuelvo al Japón la semana que viene.
Se quedó un instante sin saber qué hacer; yo lo miraba azorada, como si no entendiera.
-Ah. Se va…-. Forcé como pude una sonrisa y, mirando para abajo, abrí un cajón de mi escritorio y guardé la hoja, sin desplegarla.
-La empresa organiza una cena por despedida. Espero pueda venir.
-Claro que sí, Sr. Mori. No voy a faltar.
Hizo otra reverencia y se fue con paso lento.
Mi garganta empezó a doler como si alguien me estuviera apretando el cuello. Iba a extrañarlo.
No bien llegué al salón de fiestas, lo busqué entre las mesas. Distinguí su cabeza calva rodeada de pelo entrecano y sus anteojos redondos de armazón metálico; él levantó la vista y sonrió mientras con la mano me señalaba la silla frente a él, vacía. Había guardado el lugar para mí. Una expresión triste se paseó por su rostro durante toda la noche. Apenas si sonrió cuando le entregaron un Castagnino original como presente de despedida. Yo estaba confundida: no dejaba de mirarme con ojos melancólicos pero al mismo tiempo enigmáticos. Me sentía incómoda y no sabía por qué.
Por favor explique: “…las almas finalmente se ungen en las aguas, cegadas por un velo de penas que les ocultaba todo…”
Nuestra despedida fue triste. Estábamos parados en la vereda, la noche helada y ventosa. Nos dimos la mano y él apretó la mía unos segundos más de lo usual. Luego, se inclinó en una profunda reverencia que mantuvo un largo rato. Contesté con otra reverencia torpe, turbada. Se me quedó mirando como si fuera a decir algo, pero siguió callado.
-Adiós, Sr. Mori –dije con voz quebrada.
-Adiós, señorita Elisa. Quiero que sepa que Boquitas Pintadas fue el libro que más he gustado, gracias a usted. Ha sido gran placer en mi vida conocerla. No me olvide, por favor. Yo no voy a olvidar.
Durante varios años le envié una tarjeta por su cumpleaños, y él decía que yo era la única que lo recordaba. No me di cuenta de cuándo empecé a olvidar escribirle: al fin y al cabo, la distancia y el tiempo no nos habían perdonado.
Por favor, aclare: “Árboles que se inclinan por el día y por la noche, preciosos lienzos bordados que una pequeña chispa de cigarrillo logra destruir, campesinas que se enamoran un día en bosques de Francia y se enamoran de quien no deben. Destinos…”

Silvia Malosetti nació el 2 de abril de 1958, en Montevideo. Vive en la Argentina desde diciembre de 1974. Le gusta leer, los gatos, fumar, los juegos de lógica, el cine, la música, escribir, los idiomas. Tiene una hija de su primer matrimonio con un japonés y ahora está casada con un argentino. Se recibió de periodista en el Círculo Argentino de Periodistas en 1986. Vota en todas las elecciones que hay en Uruguay.

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