Namura (fragmento) – Guadalupe Faraj

Ese año nuevo coincidimos todos en Peralta Ramos. El bosque silencioso cada tanto largaba un estruendo de fuegos artificiales que parecía impactar más que en cualquier lado. Nuestra casa era un bloque de color blanco metido entre los eucaliptos viejos. Había otras casas que se veían igual de solas. A la hora del atardecer, el cielo se ponía de un azul penetrante que iba oscureciendo el lugar hasta transformarlo en un contorno amontonado. Yo miraba las ventanas, los cuadrados de luz amarilla pegados en la negrura.
Después de la cena, la familia se había dispersado. ¡Que baile el abuelo!,pedíamos con Julio y ElenaSalime iba y venía de la cocina. Distribuía los frutos secos, el turrón cortado y las copas para brindar. Decía que en Siria comían nueces y pistachos sin importar la época del año. Papá, mientras, se sentaba en la dormilona con un pote de turrón en la mano y le aclaraba que estábamos en Argentina, que él tenía un calor de locos. Ella volvía a repetir lo mismo con el gesto serio. Pero no por enojo; por forma de ser. Cuando los abuelos iban a veranear a Peralta Ramos, cargaban su winco en el baúl del auto y una selección de música árabe. Por las tardes, el abuelo iba a la pieza del quincho y enchufaba el aparato. Llenaba la pava de té, se acostaba en una reposera y hacía sonar cuatro o cinco discos seguidos con el bosque de fondo. ¡Que baile el abuelo! Los grandes empezaban a contagiarse con el pedido de los chicos. Mamá se reía, y tejía cosas de hilo para usar en el verano. Recuerdo la similitud que había entre su ropa y la de Selma. Tengo más presente la de Selma, seguramente porque se la vi muchas otras veces: un vestido verde con tres flores enormes. Para nuestra sorpresa, mi tío Miguel estaba moderado. Habría decidido que no hacía falta alterar la noche por culpa suya. Así que Selma, contenta por tenerlo tranquilo, era la más conversadora. Mi abuelo abría pistachos en la cabecera de la mesa. Andaba con ojotas y alguna de las camisas sueltas que se ponía para festejos importantes. De a poco la familia se fue aquietando en el living, expectante a lo que fuera a hacer él. Miguel se le adelantó, imitando los pasos que veríamos enseguida. Mamá dejó su tejido en el sillón y se puso a hacer lo mismo que mi tío. Papá no; se quedaba mirando, porque el baile nunca lo llamó. La abuela estaba por agregarse al suceso, lo sabíamos por su cara que empezaba a suavizarse. ¡Que salga! Y el abuelo, que ya tenía el alma concentrada en ese instante, se paraba despacio y hacia chasquear los dedos con los ojos cerrados. Selma adoraba esto de mi familia. Era excepcional lo que pasaba en ese momento: el abuelo bailando provocaba una alegría expansiva que reanimaba a cualquiera. Algo así como estar compartiendo una única frecuencia, fascinados, muertos de risa. Que dure, pensaba yo. Que no se termine.


16
 
Un buen día, Miguel y Selma se separaron. Cuando ella lo dejó definitivamente, él se instaló en una pensión barata. En su mayoría eran mujeres y hombres solos que compartían pieza para gastar menos. Miguel no dormía con nadie por eso era cliente de lujo, aunque, más de una vez, le caían amigos, alguno de gira nocturna quebrado igual que él. La pensión estaba en una esquina de Entre Ríos y, si no hubiese sabido que en lugares así también vive gente, la hubiera dado por abandonada. Yo necesitaba los datos de un restaurante al que él iba siempre y me fui a verlo. Daba la impresión de estar entrando al último rincón de un barrio extinguido. Mi tío podía estar mejor, no era plata lo que le faltaba. Tampoco sé que era, yo supuse que ahí, en ese tugurio penoso, él había encontrado a su sombra. El cartel de entrada eran cinco cuadrados iluminados con una letra adentro: El Rey. De cada cuadrado una línea que se unía con las demás en una corona y debajo de la corona: Hotel. Para abrir la puerta de hierro había que apoyar el cuerpo y acompañarla. Una escalera de madera sucia, interminable y, apenas se traspasaba esa fracción de mundo, olor a humedad, a rancio. Mi tío estaba al fondo pasando los piletones, pero antes había estado arriba. ¿Por qué te mudaste de pieza? Preguntale a la peruana, o a cualquiera, saben todos menos yo que estaba en pedo. Parece que borracho, en alguna alucinación huraña e intratable, reventó un tacho de basura contra su puerta y no quedó más remedio. También parece que ella juntó los desperdicios y volvió el tacho a su sitio. Después, se acercó a la habitación de mi tío y, al verlo sudar desgracia, llamó a otros para que la ayudasen. Lo estiraron en la cama y le pusieron paños fríos en la frente. Ella pasó la noche procurando que el delirio menguara, velando por él, y también por su propia seguridad. Al día siguiente fue tajante, fue precavida, pidió que se cambiara de sector. Mi tío era cliente de lujo, ella vitalicia. Miguel tuvo que acceder y mudarse al fondo.
Llegué a media mañana aunque ahí parecía de noche. El mismo tono gris aliviado con bombitas de cuarenta y un frío más crudo que en la calle. Para ir a la habitación de él había que pasar, obligadamente, por el patio y los piletones. Por el patio desierto y mustio, por los piletones de cemento percudido. Yo apuraba el paso evitando contactos, no quería que la vista se me fuera a alguna puerta entreabierta. La habitación trece estaba cerrada. Acaba de salir, me aclaró ese día la peruana mientras fregaba sábanas. Me quedé parada delante de la puerta sin intenciones de irme. Ella maniobraba la tela empapada que debía pesar poco más que un muerto. Escurrió lo que pudo con las manos, la enlazó a la canilla, hizo torniquete y sacó más agua. Vuelve pronto, siguió, los martes se va y vuelve temprano. Me vio la cara y se sonrió…Acá nos enteramos de cada cosa que pasa, corazón. Vení que hay corriente de aire, esperalo adentro. Y yo fui, me senté en una silla de mimbre deteriorada y esperé en el pasillo, al lado de la escalera. Ella reapareció con una pila de revistas y me las soltó en la falda, tenés para entretenerte. Gracias, dije. Y qué pasó el otro día con mi tío, aproveché.
Se llamaba Maricel y andaba de veranito en un invierno desalmado. Me invitó a su pieza que ahí se podía estar tranquilas; dos camas de una plaza, un armario viejo y un tender lleno de ropa en un balcón lleno de polvo. Me aclaró que, si bien el lugar era chico, era una de las pocas habitaciones que no estaba dividida con durlock. Me ofreció asiento y algo para beber. No gracias, dije. Salió al balcón y, como la ropa del tender no estaba seca, colgó la sábana de la baranda, le puso un par de broches y entró. Llenó un vaso con jugo y lo dejó sobre un altarcito ubicado en un rincón al lado de una virgen con corona. Es la patrona de Perú, la virgencita de las Mercedes, y se acomodó en la cama que parecía suya. Contó su versión de las cosas sobre mi tío alucinando. Mi tío en medio del delirio: mirá cómo arruiné todo. Eso fue lo que contó y tuvo cuidado al hacerlo, un poco por ella, un poco por mí. Porque haberlo escuchado era pasar el límite y entrar en un terreno impropio: el nuestro. Eso Maricel lo sabía. Pero ahora está mucho mejor, siguió. Cada tanto lo visita una mujer. No le pregunté quién era, supuse que hablaba de Selma y eso me exasperó. Fijate, concluyó, tu tío ya debe estar en su habitación. Se paró, agarró el vaso y tomó la bebida que se había servido.
Me fui de la pensión sin averiguar si Miguel había llegado. Una señora en el último escalón desarmando un ovillo de lana. Observé detenida el movimiento monótono, sus dedos de araña hábil y minuciosa. Seguí por Entre Ríos: mirá cómo arruiné todoCobarde, pensé, y también Selma por no intentar que las cosas fueran un poco distintas. ¿Por qué no se animaba a seguir su vida sin él? Miguel no solo arruina las cosas, me dije, de tan demente las termina destruyendo. Estaba enfurecida y también confusa: un cuenco al que habían echado una variedad de ingredientes que no se lograban distinguir. Necesitaba estar sola, aislada, donde nadie pudiera encontrarme. En la cuadra siguiente a la pensión había una iglesia muy sencilla. Al principio dudé, pero después entré como quién llega a una casa ajena. El lugar parecía estar sumergido en un hueco vacío de ruidos, quieto en el tiempo. Me senté en uno de los primeros bancos, recuerdo mi molestia a causa de tanto silencio. Quería desahogarme y ese silencio, que podría haberme incomodado, contrariamente, me ayudó. Deseaba olvidarme de esa etapa por completo, meterla en una bolsa y atarla con varias vueltas. Yo en muchos momentos le había rogado a Selma que no se fuera, porque dejarlo a mi tío también era dejarme a mí. Lucio fue fundamental en mi decisión de no verlos más. Nunca me dijo nada de ellos, pero conocerlo me ayudó a entender que en mi vida podía haber algo mejor. Yo era capaz de renunciar a ese miedo constante y agotador, a la eterna sensación de que un suceso extraordinario iba a modificar mi presente. Un viejito cambiaba las flores de un jarrón y repasaba las imágenes con una franela limpia. La luz bajaba desde los ventanales y se esparcía en el piso que rodeaba al altar. Una sola madre, me dije, tuve una sola y está muerta. Alguien tocó las teclas de un órgano intentando afinarlo. Escuché el eco de cada nota, la vibración insistente. A pesar de eso, el silencio era exagerado. Me gustaba esa solemnidad. Me levanté con movimientos lentos, casi pidiendo disculpas, y fui directo a la puerta. El viejito de las flores apenas interrumpió su tarea para verme salir y su sonrisa leve me quedó grabada. Algo de ese gesto dejaba entrever que aquel entorno impasible no le pertenecía a nadie.
Pasaron ocho años hasta que volví a ver a Selma y a Miguel. A ella, la madrugada en que toqué el timbre de su casa. A mi tío unos días después, cuando ya estaba muy enfermo y ni siquiera conservaba el encanto que en su momento lo redimió.

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