La coleccionista – Victoria D’Antonio

Encontrado dos siglos atrás

Hasta entonces todo se estaba quieto, tímidamente ardido.
De pronto y por una breve mirada, un soplo comenzó a ceñirse de su alma. Quiso desajustarlo, ya estaba ahí y con soltura ahora palpitó sin rumor.
Quién hubiera dicho que esta mujer, vacilante en el andar, era la reina de la intemperie, señora del afuera, la patrona de los vientos cardinales.

Todas las vecinas

Hunden los pies en el arroyo el día del santo. Mojan sus manos, con empeño lavan las nucas. Son bellísimas todas. Las jóvenes y las que no, sin miedo a la vejez. Tampoco a esta tarde la prefieren eterna.
Mientras se escurren el agua, renuevan la amistad.

En espiral

Se prueba los cabellos sueltos
al viento, los deja volar.
Se la ve pluma.
Las cosas que ha arrastrado el viento por ella
le ha traído de comer cuando el hambre
la contuvo de no herirse
la detuvo ante el peligro
la empujó al amor.
Por sus cabellos
el viento anida allí
las noches de ocio
y la muchacha se arremolina en libres
infinitos pensamientos.

La coleccionista

Un momento rojo, otro azul, lo oído, gajos.
Dice la sabia que la alegría se colecciona.
Se junta pieza por pieza
y cuánto más rica la cosecha, más clara la risa.

Oído sin querer

Sueña con un día entero de lectura pero prefiere, aún hoy, un beso a cualquier cosa.
Lava sus cabellos de pie bajo la ducha.
Se acercan los días más breves del año, ¿cuál es el enigma de la mañana? Tal vez su bondad de horas por delante; las esperanzas le pertenecen, tiene una colección.
Sus venas, a velocidad crucero, la atraviesan lo mismo que esas gotas y la devuelven ligera.
¿Y si resbalara? ¿qué de sus tímidos huesos? Creemos en la fragilidad pero nada sabemos de ella.

Mujer en un cordón

Viento y polvareda, las promesas son calles. A su vez una calle se avecina y es toda promesa. Las esquinas, promesas cumplidas.
Se espera por algo, el espacio no importa. En un claro del bosque, el rayo que la guíe.

En tinta corrida

Cansada no abatida, en un rincón besa un papel, la sombra de una carta. De poder espiarla se diría que lo hace eternamente. A su alrededor papeles que no son están dispersos como piedritas de río.
Sobre el viento, como de las cartas, se han dicho muchas cosas: que arrastra penas, trama y desencadena deseos.
También la luna susurra mentiras al amante cautivo. Hazañas de cuento perdidas en tempestades que se cobran por igual, respiración y lágrimas.
Besa no llora. Su alma es encandilada milésimas de tiempo por una desvencijada página.

Contado por ella misma

La cara del río se deshace por contar lo visto.
Cerca de la madrugada, con movimientos simples, llegó dormida a la que fuera sala de música y en su centro tocó aquel instrumento.
Ninguno de los animales cercanos se inquietó siquiera. Sólo una lechuza atendía, quizás por desvelada.
¿Hasta qué punto la noche aquieta?
Sí sabía que el río, siempre que puede, cuenta lo que otros no.

La sin par

Cruzadas las piernas en línea perfecta, feroces; pero es porque su piel huele tan rica, porque su risa común destella y eso que se ha parado de golpe. Se aleja se lleva la luz, y es insólito su encanto porque ni se da cuenta.

Instrucciones en lápiz

Suele jugarse con una amiga del alma.
Consiste en precisar un recuerdo y guardarlo en cajoncitos mentales. Luego hace falta etiquetarlos a la manera de: la casa deshabitada, el día de la pérgola y los libros, el edificio público a conquistar, la isla de los pájaros, etc. Para terminar se los acomoda.
El juego demanda una gran preparación pero es hermoso ver cuando una elige un cajón de tantos y juntas dan los detalles, y si se quiere se elige otro y otro.

Recogido del olvido

Qué haría la mujer asomada sin vértigo, si al girar ahí, al alcance de sus manos viese, con perfecta vida, a su gata de chica.
No hay nombre para el recuerdo de las manos, y tontas en el vacío buscan la luz.

Papel sobre tela

Traza una línea, despliega el mapa de sus sentimientos.
Cruces, desvíos, desniveles sobre todo
hielo y esperar.
Ahora se anima con colores, hay hojas y arpillera.
Después inunda
la línea se sale todo el tiempo de la ruta.

 

Victoria D’Antonio nació en Buenos Aires en junio de 1972.
“La mujer que escribe no se muestra entonces” es su primer libro en prosa poética editado de forma independiente en el año 2000.
Trabaja como traductora pública, técnica y literaria e intérprete en idioma italiano.
Realizó talleres de escritura con Diana Bellessi y Claudia Prado.
Tiene escritos una trilogía en prosa poética, tres poemarios y un libro en cantos.
“La coleccionista” es su segundo libro publicado en diciembre de 2010 por el sello editorial Bajo la luna.

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