Crista (fragmento) – Vane Miller

1 – Horno

Nos despertaban a las seis de la mañana aunque las clases se habían suspendido. Igual usábamos el uniforme escolar y nos levantábamos más temprano para ver amanecer caminando hacia la panadería. Los que lograban estar ahí a las seis en punto se sentaban semidormidos en la puerta de entrada. Nosotros no estábamos tan desesperados, entre los primeros quince era suficiente. Repartían los números a las ocho. A esa hora, los aventajados habían dejado ubicarse, junto a ellos, a otros tres más. Nosotros también le hacíamos lugar a algún conocido o vecino menos madrugador. Los de la junta vecinal empezaban a repartir del uno al doscientos o trescientos, según los sacos de harina asignados al barrio y, casi al mismo tiempo, la puerta de la panadería se abría. Venían los empujones y el caos. Los primeros se abalanzaban para comprar el máximo de kilos autorizados. El pan estaba recién salido del horno y cientos de personas formábamos una fila que daba vuelta la manzana. Nosotras, algunas pequeñas, capeando empujones y agarrando rápido los números.
No hay para todos.
– Solo para los que tienen número y, a veces, ni para esos. Hay mucha gente que compra demás para acaparar- se decía.
En mi casa, una despensa con llave y en ella muchas cosas que no podíamos comer antes de fin de mes; había que juntar por la escasez.
Eran los últimos meses del gobierno de Salvador Allende en Chile. Yo tenía ocho años, las manos y las piernas flacas, los ojos muy grandes y la costumbre de conversar con la gente. Amaba leer revistas y me costaba estar sola formando fila para tener pan. Hacía frío, casi nunca me dejaban con alguien conocido. Mi nana se iba hasta la cola de la botillería o del supermercado y luego nos juntábamos para caminar la última cuadra con destino a casa.
Siempre me hice la chistosa, me gustaba hacerme querer. Me sentía menos sola cuando podían reconocerme en todos lados. Él lo notó y comenzó a salir con más frecuencia para descansar de los calores del horno. Para mí era intrigante lo que podía estar pasando más allá de esa puerta donde se cocinaba el pan. De a poco fue interviniendo en mis rutinas con comentarios breves, hasta que un día me preguntó si me gustaban las revistas.
Ahí entré. Su pieza estaba frente a la puerta que daba al horno. Me mostró un
montón de revistas que abrí sin demora; habían desnudos y caricaturas de personas cogiendo. Él me sentó en su cama y después salí con esta amnesia que ha empezado a ablandar. No sé qué me hizo pero, hoy, se lo conté a alguien por primera vez.
Olvidé un instinto que no me da tregua. La sesión terminó, llueve a cántaros; llevo a Noe, mi psicóloga, hasta la puerta de su casa y entiendo que lloro desde adentro. Estuve muy sola con esta soledad todos estos años.
Voy hacia mi hogar, ahí mi pareja Luka, estará enfundado en una inevitable apatía, instalado en la misma espera que ahuyentó mis deseos.
Lloro por lo que pasó pero, más, porque no pasa. Lloro por como estoy: trabajo para una revista amarilla escribiendo artículos acerca de hechos criminales cuya crueldad no me identifica y los escribo en primera persona, como si la criminal fuese yo.
En la vida, casi siempre estoy donde no quiero estar, haciendo cosas que no quiero hacer.
Tal vez no puedo recordar qué pasó en la pieza del panadero porque nunca pude salir. Estos días no para de llover.

2- Luka

– ¿Qué es lo que tengo que hacer? ¿Violarte?
– No es eso- Luka está tratando de dejarme hace meses, no tenemos nada que hacer en la cama y casi todo le molesta.
Lo miro, sus manos breves recorriendo ofuscado un pasadizo de pensamientos con el que llevamos años encerrados en nosotros mismos. Hemos intentado avanzar y salir a alguna intemperie que nos redima de nuestro círculo vicioso, pero no lo logramos. Las últimas semanas solo hablamos de terminar.
Acaba de irse a vivir a la casa de un amigo y me siento mal, me duele la cabeza. Salió con un bolso absurdo. Es evidente que volverá a buscar más cosas entre mañana y pasado. Mientras tanto, empiezo a notar que mis defensas bajan, sube mi temperatura. Antes de darle tiempo al resfrío, me siento frente al computador para cumplir con mi deber del día y entregar un nuevo artículo en la revista. Está basado en un caso que hace noticia: una adolescente mató a sus padres con veneno para ratas.
Una vez le grité a mi mama:
– Ojalá te mueras-
Ella lloró todo el viaje desde Viña del mar a Santiago. Volvíamos de las vacaciones de verano. Fueron días complicados porque me estaban creciendo las tetas y eso apretaba mi olvido. Para entonces, me había resignado a no recordar. Pero ser sexualmente atractiva me puso a cargo de mi cuerpo. Como aquel calor del horno, la idea de menstruar era un ultimátum y me sentía presa de mi escote.
Quería hablar con mi mamá. Como no podía, la odiaba con un amor amnésico. A pesar de estar en una cabaña frente al mar, pasé la mayor parte del tiempo encerrada desarmando artefactos, derritiendo metales con un cautín, herramienta que me quedó de mi paso por el taller de electrónica del colegio.
Aunque no tenía mucha aptitud para ser machona, mi mamá empezó a darme batalla. Todas las de mi clase ya menstruaban. Mi cuerpo estaba desarrollado por lo que me llevó a un ginecólogo para saber si mi demora era normal. No solo la odié por haberme llevado sino y en especial por contarlo en la sobremesa. Me encerré a imaginar un engranaje para hacer explotar el televisor de su pieza o para que el secador de pelo le chamuscara su platinado artificial. Incluso probé un par de mecanismos que, adheridos al lugar exacto de los aparatos, podían recalentarlos en el sentido de mi revancha. Pero mientras soldaba piezas me gritó desde el living hasta que sumó a mi padre y me obligaron a abrir la puerta y a subirme al auto para volver a Santiago. Ahí le grité que se muera. Guardé mi derretidor de metales caliente en un bolso que se perforó en el acto. Ella se quedó paralizada.
En el auto avanzábamos en completo silencio. Sentí que el agujero en mi memoria era casi tan idiota como el del bolso.

Vane Miller nace el día de los muertos y al interior de una familia de actores.  Se cría entre camarines de teatro y televisión. Se va del país durante la dictadura, hace carrera en Argentina como actriz-comediante de obras de teatro y personajes de televisión que ella misma escribe o co-escribe. Entre los grupos de trabajo que ha integrado están los de “Plan Z”, “Viva La patria”, a cargo de Sebastiàn Borenstein, “Video Match” y  su propio Late Show, “Vanessa de Noche”. En el 2009, publica su primera novela “Crista”. Actualmente trabaja en la dramaturgia del musical “Cecilia la Incomparable”, basado en la vida de la cantante chilena Cecilia Pantoja Levi, para lo cual obruvo un premio Fondart del Consejo nacional de la cultura de Chile.
La literatura es el lugar donde se baña y repone. “Un trazado de la memoria amorosa o  la huella involuntaria de las flechas caídas o arrancadas”.

Blogs:
http://www.vanemillerdiario.blogspot.com
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http://www.vanemillerdocil.blogspot.com

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