Cuando es noche en Okinawa (fragmento) – Viviana Santillán

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Casi no suena el teléfono en casa; nuestros amigos no llaman. Les pregunto y me dicen que temen ser inoportunos, despertar a Guido. Estos amigos nuestros, que no tienen hijos y viven de noche, no saben cómo tratarnos ahora. ¿Entenderían si les dijera que vivo adormilada, que delante de mis ojos hay un velo tenue, como la interferencia continua de los televisores viejos, que todo lo vuelve irreal? Felicidad íntima, atmosférica, difusa como el recuerdo de una plenitud lejana, intensa en su presente de olores tiernos que abren el alma hasta hacernos sentir que hasta ahora no habíamos vivido. Esa lluvia intermitente, mi certeza más profunda, es sin embargo una cadena de hormigas diminutas que cosquillean en mi oído constantes dudas: ¿Respira Guido? ¿Se habrá destapado? ¿Tendrá hambre?
Vuelvo a mi cama, unas franjas luminosas cruzan el cuerpo tibio de Vicente. Está amaneciendo y hacemos el amor en duermevela.

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Los vecinos de mi edificio, los que tienen sus ventanas en la misma dirección, ¿no la oyen?… Le pregunto al portero. En el primero y el segundo viven parejas que salen a trabajar muy temprano y vuelven de noche; en el cuarto una señora mayor que jamás sube las persianas. El quinto piso, desocupado; los inquilinos del sexto tampoco están en todo el día; los del séptimo nunca se quejaron de nada. Pero hasta ahí arriba no debe llegar la música…

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Hoy abandono mi letargo y enfrento al chico japonés. Voy a atravesar su simpatía hasta ponerlo en la obligación de confesar y pedir disculpas. Desconsiderado. Voy a ir a la hora de la siesta, para que sienta más vergüenza.

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A las dos de la tarde Guido duerme profundamente, sumergido en la cadencia acompasada de su respiración. Imagino la sonrisa incrédula de mi vecino y sus ralas cejas arqueadas, no dejás dormir a nadie con esa música, la placidez de mi hijo desmintiéndome. Hoy no voy a ver al tintorero.

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Todavía estaba oscuro cuando Vicente vino a buscarme. Descalzo, con el pelo revuelto y una remera manchada que usa de pijama. Vení a la cama, si Guido ya se durmió. Se lo doy, y lo recibe como un tesoro. Lo besa en la frente, lo deja en la cuna. Camino del living a nuestro cuarto deslizando las medias por el parquet. ¿Qué hora es? Las cinco menos veinte. Nos acomodamos en nuestra posición preferida de dormir, él boca arriba; yo, de costado sobre su pecho, capturando una de sus piernas entre mis muslos, como si fueran tenazas. La respiración suave de Vicente me va adormeciendo y me veo arrastrada por una corriente de agua tibia, como me pasa cuando estoy demasiado cansada.
Algo me trae de vuelta, abruptamente. Guido llorando. ¡Otra vez!
Entonces paso de madre a robot que baja de la cama y va al cuarto de al lado en busca del niño. Vuelvo con él, empujo un poco a Vicente, pongo al bebé entre los dos. Amanezco en el borde, haciendo equilibrio para no caerme.

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Sus abuelos eran de Okinawa y hablaban un dialecto particular; él no lo aprendió, y tampoco sabe japonés. Se encarga de recibir y entregar las prendas. No es raro verlo por la calle; pelo largo, vincha, y sobre un hombro, una gran bolsa de ropa doblada. En la mano contraria, un manojo de perchas con trajes. Hoy en cambio lee una revista detrás de la Caja, junto a la pecera donde van y vienen cuatro pececitos violáceos y anaranjados.
Desde el fondo del local, entre las planchas, su hermano mira hacia el mostrador por encima de los anteojos empañados. Se mueve rápidamente, y eso lo hace menos oriental que el otro. Pero los dos son argentinos.
Me dirijo al de vincha y apunto al diálogo amable, a la comprensión para que bajen el volumen. Como siempre, soy rebuscada. ¿Sabés japonés? No; me habla de unas islas, de dialectos, mientras yo por el rabillo miro la revista, alguna inscripción en la ropa que delate su fervor musical. Pero la publicación es de ajedrez y el agua de las Cataratas del Iguazú parece salpicar con violencia desde la franja horizontal de su remera.
Por hoy abandono la pesquisa y le dejo nuestro cubrecama, con la esperanza de que logre remover las manchas de leche y óleo calcáreo.

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Estuve bien hasta hace un rato, pero algo ahora, no sé si las visitas que están por llegar, o el desorden, o la visión de la borra del mate cocido en la taza, me trajo una cierta desazón. Veo los piecitos del bebé que asoman bajo la manta liviana y me siento terriblemente estúpida por haber entristecido. El talón de Guido es como la punta de mi pulgar; no debe existir cosa más suave en el mundo que el talón de un recién nacido, y esta belleza también me saca lágrimas. Me pesa estar sola, y no sé qué compañía podría conformarme. La gente me visita con noticias de afuera, un romance escandaloso, un terremoto, nuevo gobierno en no sé dónde. Datos que mi atonía deja pasar, como ventiscas fugaces.
Si algún detalle vuelve, más tarde, es para traerme el desasosiego de saber que eso también forma parte del mundo en el que estamos azarosamente unidos, los taloncitos entrañables y yo. ¿Por cuánto tiempo? Tenés un hijo sano, hermoso… La culpa reprime al pensamiento pesimista, y la pregunta queda apretada en un olvido forzado que a veces viene a mostrar su maña para desatarse.
Sin embargo, la mayor parte del tiempo permanezco en la sintonía de Guido. Y entonces cualquier cosa conocida se vuelve silvestre y remite a lo esencial. Si lo tengo sobre mi pecho, el contacto de su piel lisa quiere que la mesa de siempre sea un trozo de madera, un enorme guatambú. Y huelo el bosque, la vida. La emoción como un barco que me interna en el mar, y desde esa lejanía, el temor de ver la costa perdiendo los contornos. Casi no hay salida: en altamar, este amor extraño y tirano; en el puerto alejado, igual que después de una tormenta, nada quedó en su lugar. Las cosas son distintas ahora, banales o sublimes. Nadie me da la bienvenida al reino de la distorsión; igual que yo misma, me desconocen, como si no fuera yo la que vive esto, la que lo eligió. ¿Por qué estás tan mal?… No estoy mal, estoy feliz cuando lloro frente a la pantalla de televisión, que transmite un documental donde unos ciervos se aparean, y las hembras alumbran y lamen a sus recién nacidos. Sólo tolero esos hechos, que me provocan un llanto estremecido y aliviador. Un llanto poco compartible, que me deja los ojos hinchados desde hace unos meses…
Casi a diario, en algún momento me sobrepongo y voy a la tintorería. Si está adentro, lejos del mostrador, su hermano lo llama: Isao, te buscan. Me muestra cosas que pertenecieron a sus abuelos, un sombrero típico, una cuchara de plata. Yo le llevo fotos viejas. De la niñez y mi familia. De Amparo y Joel.

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Casi nunca identifico los temas, enrarecidos gracias al arte de los mezcladores. Hoy el ritmo es más lento. Una melodía lejana, que reconozco a pesar de la distorsión. Café del Mar. Dejo a Guido en el cochecito y salgo al balcón, al aire frío que trae a Pat Metheny, el preferido de Amparo.
¿Le gustaría a ella esta versión? Puro efecto, diría tal vez.
Como en las raves donde acompañábamos a Joel, años atrás, cuando todo olía a decadencia entre nosotras. Joel ya estaba enfermo y tuvo un vuelco espiritual. Cada semana viajaba hasta una quinta en Bella Vista para juntarse con un grupo de hare krishnas que proponían la danza como medio de sanación. Creo que también nosotras esperábamos alguna clase de cura en esas noches maratónicas donde bailábamos descalzas hasta caer rendidas en el pasto.
Esto es trance, nos dijo Joel la primera vez que fuimos. Se había hecho experto en los subgéneros de la electrónica. Nosotras aprendíamos.
Al principio Amparo y yo nos quedamos junto al escenario, entretenidas con los movimientos del disc jockey, su destreza para girar simultáneamente las bandejas y modelar los sonidos en secuencias muy cortas que por momentos se desplazaban, alargadas. Puro efecto, había dicho entonces. Joel daba saltos, tomaba pequeños sorbos de un té de llantén y cardamomo y cerraba los ojos. Al rato su cuerpo se volvía más plástico, como impulsado por espasmos armoniosos. Sus nuevos amigos vestían túnicas moradas y blancas, se abrazaban dando vueltas como una tribu de monjes exóticos.
Vamos con ellos, dije por fin. Bailamos, flotando en esa sonoridad que traía imágenes cósmicas, que nos convertía en astronautas pisando el aire, montañistas hundiendo las piernas en el hielo. ¿Qué sentía Amparo en esas horas? ¿Qué sentía Joel? Yo quedaba largos ratos nadando en el espacio, pensando si el infinito tendría esa música.
Fuimos a la quinta de Bella Vista casi todos los sábados durante el último medio año que Amparo y yo pasamos juntas. Hasta que Joel murió. En esas noches tomábamos prestada la ilusión de hermandad universal y nos despedíamos, tristes, en esa danza loca. Joel, ella y yo.

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¿Cómo es posible que nadie la escuche?

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Hablamos de la música como si fuera un enemigo común: él no la oye pero se solidariza conmigo. Todas las casas de esa cuadra desembocan en mi contrafrente. La vivienda de al lado de la tintorería es un pasillo con varios departamentos. En uno de ellos vive un extranjero que podría ser el autor de mi suplicio. En otro hay un estudio de diseño de donde a veces él retira ropa.
Se podría hacer una denuncia por ruidos molestos. Juntar firmas y hacer una petición al intendente. Salgo de la tintorería con cierto impulso para la acción. Que se evapora antes de llegar a casa.

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Últimamente lo encuentro haciendo crucigramas; ya no lee tanto sobre ajedrez. Levanta la vista, deja la birome y me ayuda a entrar con Guido. Ayer tenía mala cara, había discutido con el hermano.
Mientras garabateaba el margen de la revista me habló de dejar la tintorería, de mudarse a vivir solo… No es la primera vez que dice cosas así.
Igual que las otras veces, escondo el enojo, y mi desesperación se disfraza de sensato aplomo. Le aconsejo que no tome decisiones repentinas. Él es muy joven; yo, una madre de treinta y ocho años que aprendió a desconfiar de los arrebatos…
Pero Isao no quiere saber de nada. Sólo Guido logra cambiarle el humor; le tira los bracitos y él lo alza.
Me habla de sus planes en voz baja pero es seguro que su hermano ya los sabe, siempre merodeando el mostrador, dándole de comer a los peces…

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Hacía mucho que no soñaba. Me despertó el teléfono cerca del mediodía; Guido y yo dormíamos en la cama grande después de una noche difícil. Antes de atender, pensé: quiero acordarme de este sueño.
Sonriente en Okinawa, circulaba por una feria, algo como un mercado de flores. La gente hablaba y yo comprendía esa lengua con absoluta naturalidad, como si fuera la única y verdadera. Había que atravesar una puerta de agua cristalina para elegir las especies. Comprendía okinawense y ese entendimiento era tan potente que lo abarcaba todo… Las cosas tenían una entidad auténtica, radiante, despejada de dudas… Las sospechas de aquí y ahora, allá aparecían confirmadas; la semilla que hoy permanece bajo tierra, allá era una planta grácil y vigorosa. Me veía en una postal, con un traje folklórico en rojo y blanco. Había pasado por el agua y eso era muy bueno.
Atendí a Celina. Fui amable con ella, cosa rara. Sí, todavía tose mucho. Voy a probar con el jarabe que me trajiste. Vicente, bien, en el taller. El fin de semana seguro vamos a tu casa.
Corto y subo la persiana. De algún lado viene la música, pero es tan expansiva que por mucho que intento determinarlo, recorriendo de punta a punta el balcón en pijama, no lo consigo.

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El castillo de Shuri, símbolo del próspero reino de Ryukyu, fue destruido durante la Segunda Guerra Mundial, y reconstruido cuarenta y siete años después.
Es una edición de hojas enceradas y fotos vistosas, pero demasiado turísticas: una plantación de crisantemos, resorts de lujo frente a la playa, un hombre destilando awamori.
Algunas mañanas hojeo el libro junto a Guido, que apoya sus manitos gordas en las fotos, como si quisiera atrapar al gato blanco que está trepado a un barril, o arrancar el enorme hongo que asoma desde el tronco de un árbol.
En el pasado ha sido una nación de gobierno y cultura independiente, más tarde cayó bajo dominio japonés, luego padeció la tragedia de la guerra, la ocupación militar norteamericana, hasta ser nuevamente restituida al mando japonés.
Le agradecí a Vicente el regalo. Pero con Isao preferimos seguir viendo las fotos familiares, la mayoría en blanco y negro, o en tonos muy lavados. Tengo mi favorita: esa donde un obrero está colocando tejas en el techo inclinado de una casa. Isao no sabe si es su tío abuelo o un primo de su padre… Se lo ve de espaldas, con la cabeza girada hacia la cámara y una sonrisa de dentadura incompleta.

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A esta la llamamos “ciclistas”. Parece un tour o una competencia, es un día claro y una multitud de chicos jóvenes colmó una calle de Okinawa. Van muy concentrados sobre sus bicicletas. Están juntos en esa marcha, pero solos, cada uno en su vehículo, con su energía y su cansancio. Alguno de ellos es el padre de Isao. Suponemos que el de gorro, hacia la derecha.
Hay otra que Isao observa minuciosamente: su abuela corta pescado en una mesa al aire libre. Es una mujer pequeña, de rostro sufrido y pelo corto. ¿Dónde estaría? El fondo de la foto muestra un campo abierto. Se nos ocurrió que más atrás debía haber un río al que los abuelos habrían ido a pescar. Habrán comido ahí mismo, en esa mesa en medio del campo, el pescado fresco.

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Le llevo una donde estamos muy jóvenes los tres. Ese día me había mudado al departamento de Gaona y en la foto estamos apoyados sobre un mueble bordó. ¿Dónde lo habías comprado?, pregunta Isao. Lo había traído Amparo y juntas lo pintamos con esponjas, según una técnica que ella conocía bien. El suelo estaba cubierto de papeles de diario y había olor a aguarrás. ¿Cómo era la voz de Joel? Aguda y un poco nasal, siempre parecía resfriado. ¿Quiénes eran tus vecinos en esa casa? Una mujer sola que tenía una gata de angora preciosa. Se llamaba Matilde, la gata.
Después me muestra un libro viejo, escrito en uchinaguchi. Tiene la tapa muy gastada, se ve el dibujo de un niño arriba de un árbol. Es de aventuras. No sabemos nada más. Los dos miramos el libro, las hojas ásperas, los caracteres mudos de ese dialecto japónico.
Un mar de aguas espesas nos balancea, a mí en la historia triste de Isao y su hermano, el accidente de sus padres, la infancia de entenados entre parientes que no conservaron la lengua; a él, en mi aturdimiento solitario que me deja en el pasado una y otra vez. Su orfandad y la mía.

Esta novela se publica por entregas en: http://www.viajarsinsalirdecasa.blogspot.com

 

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