Flamenco y otros textos – Ana María Grandoso

Flamenco

Hay una mujer que espera. No se resigna a morir. Es tan dura como la piedra contenida en su apellido.
Las empleadas del asilo la trasladan en silla de ruedas hasta el comedor y le sirven una papilla salada o dulce, según la hora del día. Esta hecha piel, huesos y arrugas. Las encías ya no sostienen dientes. La boca, aspirada hacia adentro. Su cuerpo empequeñece, se repliega.
Pero ella vive en una ensoñación; el pasado la distrae, imágenes tras imágenes que se dan de comer en la mano.
La acuestan, la levantan, la bañan, la visten. El futuro es un escamparse de nubes que se deshacen hacia el azul.
De cuando en cuando, como ella solía decir, recibe visita de una casi familiar, casi hija.
Entonces, hace alguna pregunta, mezcla los vivos con los muertos, a los adultos los llama como niños.
Algunos que se impresionan por su obsesión de seguir con vida, de cuando en cuando, le envían saludos. ¿Quién es fulana?, responde desde el big-bang en que se aleja. Hay una mujer, a quien cuidó de niña que está en deuda con ella. Esta mujer, a veces piensa: un día de éstos vendrá la noticia del asilo “ha muerto”. Pero tal vez no muere porque no han podido ir a verla. Sin embargo, los años pasan, pasan y no muere.
Ya no sujeta su pelo duro con la redecilla hecha de hilos invisibles, que solo conseguía en las tiendas de ropa para danzas.
Sus manos, en los últimos diez años se han vuelto delicadas de tanto no hacer nada.
Pasó su vida útil, hasta los noventa, fregando la casa y la ropa de otros, cocinando y tejiendo para huincas y robando. Robó gustos, manías, prejuicios, moral, estilo, afectos.
Con el paso del tiempo tuvo presencia, prestigio, poder, en un mundo de amas de casa, a su manera. No tomó dinero ni objetos.
Y desde hace unos años, reza e invoca en secreto al santito que tiene su apellido y de quien antes decía: ¿a ése, quién lo conoce? En el asilo la llevan a misa.
La mujer en deuda la imagina soñando con un caballo que le regaló su padre.
Bajo la loma se tiende la salina rosada por la luz del atardecer color ¡flamenco! diría en mapuche. Sueña que llega a la salina, se baja del caballo, dádiva de un centenar de caballos, trueque. En el sueño saluda a todos los familiares en su lengua, la misma que ignoró, olvidó, esforzándose en no pronunciar una palabra.
A lo largo de su vida tres generaciones de niños, los hijos, los nietos y bisnietos de la familia donde sirvió, en alguna noche o siesta obligada, le hicieron preguntas, curiosidad de chicos.
Encontraron una salina enceguecedora, orgullosa y muda.
Se llama Clarisa Namuncura. Una de esas niñas, ahora mujer, la nombra, empieza a pagar la deuda.

Palabras      

Mirada, arenisca, tunas, deambular, reverbera, mimbre. Palabras nuevas que surgen en los poemas que escribo y que las disfruto como si hallara una caravana u otro caracol en la arena, una flor silvestre en el campo.
Tienen relación con el momento en que nací, con las que usaban mi madre, mi padre, mis abuelos y tíos. Con las que se decían en la escuela y en las revistas. Algunas pertenecían a una imagen, por ejemplo glamour era Audrey Hepburn.
Frívolo, o también flâneur, era deambular por las veredas del centro cercanas a la universidad los sábados al mediodía.
Snob podía ser hablar de Ingmar Bergman y su film “El silencio” y pintarse los ojos como Twiggy.
Me gusta ponerme, cuando tengo ocasión, unos vestidos que heredé de una tía que estaban de moda en los 60’. El rimmel en las pestañas es algo que no dejé nunca a pesar de que casi todas las jóvenes van a cara lavada. Tampoco dejé de pintarme los labios. Hoy, pintarse como Twiggy sería arriesgarse a ser confundida con un clown.
Mi abuelo decía morrocotudo, espléndido, blandengue, esperpento. Mi tío chambón. Mis primas cache, mersa.
In significaba estar incluído y para eso empapelar una pared del cuarto con fotos de la revista Life.
Las palabras me son dictadas por una vocecita que vivió la adolescencia en los sesenta, me gustan, son históricas, delatan, son pura identidad.
El lenguaje va perdiendo palabras que conferían matices y no vienen otras en su reemplazo. Espléndido o morrocotudo que serían utilizadas con precisión para decir cosas similares pero no iguales hoy se concentran en otras como bárbaro o encanto y si vamos a la etimología bárbaro no define lo que tiene esplendor.
Es una satisfacción traer palabras en desuso, una tarea como de antropólogo descubriendo una reliquia.


El arte de la contemplación

“Particularmente el mundo de las mujeres, cuyo campo de visión era limitadísimo, estaba a tal punto cerrado y protegido de la luz del día que la simple tarea de identificación podía a menudo ser todo un desafío.”

Amalia Sato, “Notas a El libro de la almohada de Sei Shônagon”

 

Una mujer cree que antes fue japonesa (¿o china?) porque sueña sus utamakura, poemas de almohada.
En un pasado remoto, vivió detrás de las paredes de papel de lámparas encendidas. En el trajín nocturno, no podía quedarse sola sino permanecer acompañada por tres o cuatro mujeres como ella haciendo las tareas preparatorias de la noche
El cliche del duraznero en flor, del loto en el estanque, del jardín con todos sus habitantes, la contemplación absorta de la belleza de la naturaleza a la luz del día eran deuda consigo misma.
Tiene un vago recuerdo de haber leído del noble o rey que sentado en su jardín vio caer una hoja del arbusto del té en su taza de agua caliente cuando todavía no existía la infusión .Ella no sabe cuanto tiempo pasó para que este descubrimiento llegara a Inglaterra, pero siempre pensó que la contemplación podría ser, en algunos casos, útil. Útil para irse del mundo un rato, contemplándolo sin más sonidos que el canto de una calandria en el almendro y un reloj a pila a su espalda.
En el recuerdo de su vida pasada, dormía de madrugada, casi al alba, se levantaba después del mediodía y soñaba lo que no quería.
Había un reglamento a cumplir tan estricto como el de un monasterio y sus pensamientos casi no tenían un aire para la soledad buscada.
Ahora sí puede practicar la ensoñación, vagar despierta por lugares, hechos, personas, con libertad.
Esta tarde sobre las baldosas rojas, todavía mojadas, los pétalos de la bignona caen. Si se tiene la paciencia de permanecer, cada tanto son más los pétalos que resaltan por el verde del pasto.
La tormenta de verano suena. Truenos, relámpagos, rayos y centellas, alguien le dijo que son rayos en sentido horizontal, y fuertes aguaceros con mucho ruido detrás de las ventanas.
En el pueblo siempre hablan del clima y del clima pero no porque no quieran hablar de algo más comprometido sino porque el clima es protagonista.
Mira el jardín, ve una mesa y unos viejísimos sillones de mimbre con almohadones descoloridos dispuestos a brindar la comodidad para una tarde de contemplación y lectura compartida.

 

Ana María Grandoso nació en Patagones (Provincia de Buenos Aires) en 1946. En los últimos doce años, participó de talleres, lecturas, encuentros de escritores y concursos en la patagonia. Escribe cuentos y poesía. “Pasmosa armonía celeste”, integra el libro Cinco poetas (Carmen de Patagones, Ediciones EL camarote). En 2013 recibió la Primera Mención en la Bienal Premio Federal del Consejo Federal de Inversiones.

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