Autorretrato y otros textos – Nahuel Di Leo

Autorretrato

Ahí estoy, como esos semáforos en la madrugada cambiando de color sin que nadie nos vea. ¿Cómo me encontrás? Fácil. Caminá cincuenta metros y entrá en el club. Estoy  siempre en la misma mesa, dando sorbitos a una copa de vino. No bailo, cada tanto voy al baño. ¿Todavía no me ves? Sigo con la mirada a un tal Flaco Dani, tendrá unos ochenta años. Pantalón celeste, camisa hawaiana cocoliche, zapatos blancos y una campera deportiva del mundial 78. A todo esto sumale un peinado tipo parra de oreja a oreja. Todas bailan con él. Es raro en sus movimientos, es un imán. Lo sigo como a un equipo de fútbol. También hay un gordo que viste impecable. Apostaría a que es el traje de casado. La panza es un universo aparte. Cuando baila, las lleva a las minas como si las tuviera enganchadas con alfileres al ombligo. Hay otro de pantalón, camisa y zapatillas de correr que siempre me saluda. Ellos son mi familia y no lo saben. Todos los sábados vuelvo a casa en la madrugada. Como de un casamiento o un cumpleaños de quince. Ese soy yo. El que mira mientras todos cambian de color.

 

Panfletos

Ella reparte panfletos de una oferta en el barrio. Tiene gorra, campera y pantalones azules con el  logo del lugar que promociona. Cuesta saber si es estridente por cómo viste o es su figura. No me ve. Hace un movimiento sin cesar. ¿Cómo explicarlo? Sería la mínima unidad de baile, un vaivén con algo de zapateo americano. Es sábado temprano, ella es muy jovencita. En la calle solo hay viejos que despiertan y jóvenes con ropas de noche. Mis cuentas me hacen creer que vino de un baile y la adrenalina le dura, como su maquillaje. Quizás ya no recuerde el nombre del que la besó. Reparte sin parar. Algunos la rechazan y otros aceptan. A unos metros, se puede ver una plantación de bollos de papel.
Me acuerdo de los lentos, recolectando ‘noes’, hasta que un ‘sí’ me hacía volver a casa.  A ella parece no importarle. Pienso en los que habrá rechazado entre luces de colores y música fuerte. Consigo la paz con esa suma y resta. ¿Es justo el empate? Ella sigue su baile sin saber que existo y la espío.

 

Papá dijo ku kux klan

Papá mira el noticiero, mi hermano y yo hacemos lo nuestro, forcejeamos por un muñeco. Esperamos el clásico, pero no llega. Parecen mujercitas. El viejo golpea el sillón y putea. Su cara se transforma, hay algo en la tele. Miramos, son fantasmas con cruces de fuego. El periodista hace preguntas y el fantasma, que tiene una cabeza puntiaguda, mueve lo que creo que es su boca, como la momia de titanes que me aterroriza. Mi hermano agarra una bolsa y se la pone en la cabeza, aspira haciendo un efecto sopapa. Mamá nos ve. Se pone loca, como en el verano, en la costa con la estufa. ¿Pa, cazaron un fantasma? El viejo pone cara, la que usa cuando no dan las cuentas: No, es gente mala, odia a los negros, me explica. ¿Qué son los negros? Gente del Africa. ¿Los que piden en la calle? No, no. Si van a jugar, jueguen.

Fin del mundo

En una casa desconocida, con gente que parece familiar, estoy con mi mujer y nuestro hijo. Se me confunden los nombres, sé que son ellos. Salimos a la calle, es plena tarde y, como si se quemara una lamparita, se pone de noche. El cielo se torna violeta y le aparece una cicatriz. Digo: es una nave nodriza. No hay viento y hay una calma que asusta. La sensación de lo que viene está tomando mucho envión. Lo último nítido es un abrazo. Los recuerdos se van anestesiando. Ni nombres, ni rencores quedan. Comienzo a escuchar un coro que está disperso. Cantan una de iglesia. Una mujer parecida a mi madre canta y saca pecho como en el paredón. Luego, ya no recuerdo.

Agua viva

Camino apurado como siempre, en hora pico. Igual que el mar, millones se unen en una velocidad. La gente parece algo así. Agua viva dura poco. Quise desafiar a eso único que se formó y pisé al de adelante. Se dio vuelta un hombre alto de cara calma. Una ola gigante. Cerré los ojos para recibir lo que venía y sonriendo dijo: ¿Te hace feliz? Me cedió el paso. Seguí caminando unido a la multitud mientras me preguntaba por mi felicidad.

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