Las dueñas de la casa – Juana Neuman

Mis dedos chiquitos, manitos de calamar, los dos tuvimos el mismo recuerdo. Recorrimos el salón de pe a pa y no encontramos nada. Una mesa redonda y un candelabro viejo en representación de la abuela.
El comedor sigue siendo el corazón de la casa, vacío, aún mantiene su honor petrificado, como si las voces de los almuerzos se hubieran impregnado en sus paredes.

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El recuerdo de la abuela con su cigarro echando humo desde el sillón.
Mis dedos deshacían las pirámides de ceniza y desde un rincón su voz gastada: No toques eso, es sucio.
Arrastrando los patines de lana sobre el piso plastificado, la siesta y la gelatina sin sabor.

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Apoyada en la ventana sobre la sombra de una cómoda, podría decir que volabas al sur.
El viento y tus penachos tímidos se desplegaron frente a mí. Siempre esperando visitas, visitas de compromiso, obligadas a reportarse cada semana.
La cáscara de naranja en el mate, las abejas y tu sentido del humor.
Los fines de semana escondiéndonos del sol en el patio de la casa.

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Siempre tuve grandes cachetes rosados, desde chiquita. Un día mi cara se estiró sobre los huesos y los pómulos. Ese día dejaron de gustarte mis cachetes.

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Somos hermanas de sangre y mantenemos una amistad pulcra y envidiable.
Tenemos varias personalidades, la sobria, la concentrada, la inocente remolona, la estúpida de las reuniones.
Recuerdo cuando papá hizo volar millones de migas del mantel y el espectáculo aéreo germinó en mi cabeza, todavía lo veo, su bigote azul estirándose con el viento.
Las mañanas en el parque son como un libro de cuentos para la familia.

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Las velas estaban en la otra pieza, en una caja celeste.
Ya no existen personas que forren una caja de zapatos, pensé. Estaban sucias y arruinadas. Metí los dedos en los agujeros del candelabro. Manitos de calamar.
Una hilera de plantas robustas, que con sus nervaduras en alto nos amenazaban desde la puerta, como si ellas fuesen las verdaderas dueñas de la casa.
Atravesamos el patio e hiciste tu mueca, la boca de un pez sobre el fondo del vaso: nadie puede hacer esto, mirá.
Volvimos a entrar y vos ya te habías reconciliado.

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La Tia Silvia nos llamó para decirnos que la abuela se había muerto. La encontré tendida en su cama: como un angelito, dijo cuando habló por teléfono, y así me la imagine yo siempre, vestida de blanco, con cara de tonta y unas alas de papel creppe a los costados.

***

Estábamos nosotros solos probándonos en el frío, mirando el cielo más que nada. Siempre pienso en el cielo dijiste, y yo nunca. No había nada que decir.
Seguimos mirándolo, pero mis ojos buscaron nuevos fondos: pasto, árbol, camisa, tu cuello, otra vez el cielo, otra vez vos.
Me imagino qua me incorporo y te digo: mejor cerremos los ojos como para descansar de todo, pero no me animo a hablarte, y me quedo a tu lado sintiéndome lejos, haciendo viajes de ojo por todo el paisaje.

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