Motos – Consuelo Fraga

 

De la casa al trabajo

 

El vientito

me limpia la cabeza.

Se lleva restos de palabras

o el pegote del sueño

que empasta la mañana.

Ojo, siempre es mejor la ruta

pero a veces te toca la oficina

(como decía uno:

el que no hace otra cosa

tiene que laburar todos los días).

 

Con el andar

viene un pedazo de canción

creo que de Vilma Palma

con una rubia en el avión

directo a Brasil, con una rubia

dispuesto a morir.

La canto entre los autos

y llegando al semáforo

ya tengo ganas de bailar.

Seguir el ritmo

acompañarlo con la moto,

todo es así

cuando el trayecto es suave.

 

Es temprano, no hay tráfico.

En la luz colorada un solo auto.

Ondulando me arrimo y mi cadera

lleva la moto hasta la cebra peatonal.

Sí, sí, no te han mentido, soy mujer

por los anillos podés verlo

ya que no ves mi cara

cubierta por el casco.

No te ofrezco más pistas

pero me banco tu mirada

de arriba abajo y sin embargo

me vas a decir: “Flaco

dónde queda la calle tal”

o “cuánto sale

una máquina de éstas”.

 

No da para charlar.

Se abre el semáforo y arranco,

voy un poco más rápido que antes

es divertido si agarrás la onda verde

jugar a no bajar las patas.

No te molestes, paso de sobra,

tu espejo sano, el mío también.

 

Tres autos más atrás

dejé un nenito enamorado

de la moto, el casco y el atuendo.

Mamá, cuando sea grande quiero…

Nada nene, la moto es peligrosa.

 

 

Ningún paquete

 

Le dicen así: paquete

mochila, el atalaje

al que se sienta atrás.

Si tiene miedo

puede abrazar al que maneja

o agarrarse si no

del portaequipaje.

Casi nunca decide

velocidad ni rumbo,

ni dónde hay que parar.

 

Raro de mí

que lleve a alguien.

Tengo el asiento,

los pedalines, todo.

Sin embargo

no es tan fácil.

Cualquiera sube

de prepo una vueltita,

para elegir en cambio

acompañante

habría que vigilar

que vaya para el mismo lado

pero también, de paso,

y por si tiene miedo

buscar alguien que a uno

le gustaría abrazar.

 

 

La prehistoria de mi motocicleta

 

Mi primer diario tenía hojas lisas,

la tapa blanca de cuerina

y filetes dorados.

Regalo de una Navidad de los siete años.

Desde que me compré la moto

ya no le escribí más, pobre querido diario.

 

Tres años antes, un sueño.

Es madrugada, mi casa, estoy en el garaje.

Apoyadito ahí en un rincón, veo un cuadro de moto,

cuadro cromado.

 

Yo no sabía por entonces lo que era un cuadro

menos qué significa de algo “estar cromado”.

De modo que en el sueño lo que veo ahí

tiene un nombre más simple: unos caños plateados.

 

Pienso: ¿este armazón es para mí?

Con algún interés pero sabiendo

que yo no quiero un armazón.

Afuera llueve.

 

Un mes después tuve otro sueño.

Es Colonia, pero la casa de Montevideo.

Estamos sin saber dividiendo una herencia

o preparando algo con esa luz

escasa, la que tuvimos siempre

en el comedor de Eduardo Acevedo.

 

Yo tengo que seguir hasta Montevideo

y me ronda la idea de alquilar una moto.

Aun sin tener registro –pienso–

así despacito, en el viaje tranquila

puedo aprender a manejar.

 

Ahí pasé como un año sin noticias

hasta que vino el tercer sueño.

Va mi cielo manejando su goldwing

por una avenida,

atrás voy yo de acompañante.

Vamos bajando y de pronto aparece

un puente que no existe en la vigilia.

 

Pienso: un acceso a la autopista

y en eso veo que el asfalto del puente

debajo nuestro se está volviendo

medio ondulado y en la parte de arriba

el puente ahora es de caños y la moto

una gran bicicleta que mi amor pedalea.

 

Vamos más bien por la derecha, parece más seguro.

En el punto más alto la moto es otra vez

una moto y bajamos: una montaña rusa.

Fuerte es el juego. Cuando termina la bajada

y él se arrima al costado, descansamos

contentos en el cordón de la vereda.

 

Un día pensé: cuando cumpla treinta años

quiero tener mi propia moto. –Bueno –dijeron.

Y me compré la goldwing de color borravino.

Como el diario, con filetes dorados.

 

 

Conducción

 

El que maneja sabe adónde vamos

porque antes de salir miró muy bien

el mapa lo tiene en la cabeza vos confiá.

Para eso están quietitos cuelgan

de la pared y se dejan

escudriñar sin decir nada.

Nosotros por ahora les creemos

a pie juntillas.

 

El que maneja

sabe que el mapa está agobiado

de tantas líneas de colores

más gruesas y más finas.

 

Cava bien marcada en rojo fuerte

rasga este mapa, sentí

cómo llega al corazón.

 

Aunque me expliquen

cosas de la fragilidad

–como escuché una vez:

si te pegan un tiro en la rodilla

 y te toca la arteria femoral,

no la contás

aunque me expliquen,

a veces yo me aferro a la idea de la ruta

que imaginé viendo ese mapa:

las banquinas bien marcadas,

sin pozos

asfalto liso y controlado

por un radar.

 

Hasta que llego ahí y me encuentro

con el señor gendarme.

El que los puso –me digo ahora–

al radar y al gendarme

debió mirar y calcular muy bien

cuánto le dejan por día o por semana

nuestra velocidad y mi curva

torpe sobre la doble

línea amarilla.

 

Fuerte y claro –decía mi viejo–

y si te hace problema, pelás la chapa,

vas a ver cómo cambia el discurso. Si yo

tuviera el cartoncito ése lo hago hablar.

 

Padre: ni chapa ni billete me hizo falta.

Después de ver que la moto era mía

el milico garabateó un intento:

–Por la manera en que pasó

a ese camión, venía apurada.

Y yo no tengo hoy ningún apuro

ni nada que esconder, entonces

es un tira y afloje nomás

se hace largo y a ver

quién se cansa primero.

 

Una pulseada de riesgo mínimo

la mía, tan distinta y lejana

comparada a esas otras

en que el temor pasa rozando

la arteria femoral. Padre…

 

Fuerte y claro le hablás

cuando te dejan.

 

De viajes

 

Hay dos maneras de narrar

–decía el profesor–

o mejor dicho

dos relatos.

 

El que nos viene por la boca

del extranjero uno

dos el que nace

en el ojo del detective.

 

En ambos casos,

un recorrido y una meta.

En el punto –decía–

está el sentido.

 

Padre, ahora lo entiendo.

Por eso preguntábamos

hasta llenarte las pelotas

¿adónde vamos?

 

Leíamos en voz alta

cada cartel

que señalara un rumbo,

o hacíamos estadística

con las marcas de los autos

que iban pasando al lado nuestro.

Y sin vacilación nos lamentábamos:

los demás siempre van

a alguna parte.

 

Después de un rato

cuando seguramente habías logrado

ponerle pausa al dolor de cabeza,

recién nos contestabas:

–A pasear.

 

Era eso nomás.

Ver el pasto al costado de la ruta

la vaca pensativa ojo de huevo

los puestos anunciando

salamines con zeta

la papa en bolsas

la sandía.

 

Era eso, pasear.

 

Para nosotros

no tener punto de llegada

era una carga

que nos volvía insoportables.

 

¿Cómo es que hoy,

si me subo a la moto

y me largo a la ruta,

el mismo pasto

las vacas

o el puesto del gauchito

lleno de velas rojas

traen esa cosquilla

que me chifla las tripas?

¿Cómo es que grito adentro

del casco y mi alegría

no llega a despertarte?

 

 

9 de Julio

 

Acelerás

más a fondo y te perdieron.

Los jodí a todos,

podés pensar,

pero estás lejos y ya

no tiene gracia.

Adelante

tenés un cruce.

No vas a preguntar.

Preferís dar

dos o tres vueltas

por las tuyas

pispear

desde la entrada.

 

Siempre te gusta comer bien.

El motor no lo apagás

hasta que la parrilla te convenza.

 

 

Para volver pusiste la reserva. No es lejos

pero que nunca falte combustible.

Tranquila igual porque en el pantalón

tenés el papelito ése y a cambio

el circo amablemente te concede

llenar el tanque y seguir viaje.

 

 

Juntitos

 

Ustedes dos

charlan de moto a moto

y no les importa

aquello de ir en fila

no ocupar tanto espacio

y que los autos

puedan pasarnos fácil

sin riesgo.

 

Éste es tu amigo el Wili,

el que llevaba la petaca

visible entre los bártulos

hasta una vez, que lo paró la policía.

Usté, señor, ¿toma cuando maneja?

No, señor, dijo el Wili,

paro para tomar.

 

Es la ida al encuentro de Las Flores.

Yo vengo atrás siguiéndoles el rastro

y me hacés seña

de que los pase y me adelante.

 

Te hago caso y me esmero

por mantenerme en la velocidad

y ser el ángel que permite

que los amigos charlen.

 

Cada vez más lejos

cada vez más chiquitos

demasiada distancia se fue abriendo

entre ustedes y yo.

 

¿Aceleraba por demás

o ustedes a propósito

querían perderse?

 

Cuando paramos te escuché

entre orgulloso y bromeador

¿viste vos la conguito?

la largás y se va.

 

 

La edad de mi motocicleta

 

Es una suerte que a las motocicletas

nadie pretenda calcularles la edad

como a los perros

multiplicándoles por siete

los años que hace que dan vueltas.

 

A los treinta compré mi primera moto.

Ella tenía esa edad en que a las mujeres

nos conviene más –suelen decir–

buscar asilo en la elegancia. Entera, fuerte,

vi una moto preciosa. ¿Será que es para mí, Berti?

¡La quiero! ¿Podré yo manejar a los cincuenta?

¿Cuánto tiempo tenemos? No anda el reloj.

No marca los kilómetros…

¿Y qué te importa, para qué

necesitás saber?

No necesito, es cierto.

Sólo un zopenco vendería esta moto

 

preciosa esos reflejos en el falso tanque

se ven si estás al sol y no pensás:

¿cómo se llama ese color?

Me gustó igual escucharte decir

borravino y saber después

el nombre que figura en el catálogo

de la pintura original: candy

y otra palabra que también suena

a brillantina roja en sobrecitos.

 

Tenía ese lomo inmenso

que te pedía una palmada

para quedarse en paz toda la noche.

En el costado del asiento un tajo

como una herida que no se arregla con costura.

Lomoescritorio, lomomesa.

Tu espalda torpe de tan fiel,

tus cables despeinados.

 

                  ≡

 

Un día empezó el ruido.

Estuve como madre primeriza

escuchando la panza de su cría.

El ruido adentro del motor.

No fueron las palabras de los tontos

que si te anda en un cilindro en tres o en cuatro.

Fue no poder pensarla despanzurrada.

La tuve que soltar.

 

Un poco parecido a la primera caída.

Cuando se va de eje, apoyala en el piso.

Acompañala. Apenas se lastima.

 

 

El terror de las curvas

 

La chancha se apodaba

la primera goldwing que manejé

y tenía el cuadro desviado.

 

En la ruta me lo advierten.

–Che, ¡vas torcida! –y yo:

–Joder, veré qué hago.

 

Trato de acomodarme,

estiro la columna

mando el culo para atrás.

¿Ahora estoy mejor?

pienso mientras voy manejando.

 

Pero el que viene detrás tuyo,

¿cómo se entera en qué momento

vos pensaste hache o be?

 

No tiene caso preguntarle

en la parada siguiente

porque no sabe

de qué le estás hablando.

 

Así torcida la chancha apadrinó

mi devoto terror ante las curvas.

–Esta moto no dobla bien

–dictaminaron los expertos.

 

Y cuando aparecía una

yo me mandaba un rebaje brutal.

Extrañas contorsiones y avemarías

acompañaban el papelón.

 

Al final del suplicio

estaba tan lejos de los demás

que aceleraba el triple para alcanzarlos

no sea que esperen a la tontita, o al menos

sepan que no le teme a la velocidad.

 

Si me había tocado en el medio

guay de los que tuviese atrás, pobre gente

ya me veían en la banquina.

 

Uñas eran mis ojos en la ruta.

La moto y yo, una sola piedra

capaz de recordar que otros venían detrás

pero sin animarse a desviar la mirada

sacarla del camino y llevarla al espejito.

 

La enderezaron a la chancha.

Quedó bastante bien, aunque se diga

“nunca es lo mismo”

y se dé vuelta la tortilla,

 

quiero decir, acostumbrada a la torcedura,

¿cómo festeja una la derechez

si la siente torcida?

 

 

Restaurante ParrillaLa Casa de Coco”

 

Pasear en auto es otra cosa

ahora sí se puede conversar

y tomar nota de las señales

para después venir en moto.

 

Un día cualquiera

sin cálculo de consecuencias

voy por General Paz hasta Gaona

y salgo a la altura de Ituzaingó.

 

Quizás te encuentre, ¿que no?

sentado en la barra porque ese día

estabas medio loco y te fuiste

a despejar un rato, a comer solo.

 

Ahí los perros descansan en los rincones,

algún cachorrito intenta todavía

recibir cariño y si se puede

un pedazo de carne de cabrito.

 

Ya no hay siesta por delante

nada que arruinar

sólo un almuerzo amable

uno de amigos que ríen

comen y charlan

y se despiden

sin dramatismo.

 

 

El estirón

 

En la ruta

se ensanchan las costillas

un esqueleto es el que monta

aireado, el pensamiento es un cordero

que ríe y anda por ahí

dando saltos.

 

Ahora que conocí esto

y es todo mío

voy a querer que estés

en el lugar adonde llegue y si no es así

a la vuelta pegarte una visita

para decirte

otra vez gracias

con el gesto solemne y feliz

de los viejos enamorados.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.