Aparicio (fragmento) – Mariana Barrandeguy

2

El día de la idea había estado manejando varias horas sin parar, volviendo de un viaje. Una semana en la playa, cuerpo a cuerpo con el mar y el viento, ganándole al silencio.
Era un día radiante que invitaba a quedarse. Tomé el último mate frente al mar y preparé las valijas sin ganas.  Solo me motivaba pensar que esa misma tarde pasaría por la veterinaria que cuida a mis mascotas: Puccini y Verdi son perros, Donizetti y el Negro, gatos. Este último es una herencia, por supuesto. Faltaba poco para volver a verlos. Ya me imaginaba los saltos de bienvenida que tanto me hacen protestar cuando estoy con mi pantalón blanco.
Un par de horas después de iniciado el regreso a casa, hice una parada en una estación de servicio. Necesitaba algo de comer. Acomodé el auto para cargar combustible, abrí la puerta y lo vi. Un perro raza perro, precioso. Era blanco, nariz rosa, pelo largo todo despeinado. Dolió su mirada. Creo que captó de inmediato mi debilidad por la especie.
Parecía entrenado. Me agaché para acariciarlo y entonces hizo todo tipo de piruetas: en dos patas, a los saltos girando en el aire, muertito. Pensé que los perros quizá huelen la pena que le dan a una.
Me acerqué a la cafetería. Habrán sido unos veinte pasos los que hice con él detrás. Yo paraba, él paraba, me apuraba, él también. Tenía un andar bastante torpe porque era chueco; tanto que, cuando se sentaba, se le iban abriendo las patitas de atrás y a cada rato tenía que juntarlas. Los dedos, manchados de negro, parecían zapatos.
Entré para preguntar si era de ahí, pero no. No era.
–¿Hace mucho que está acá?
–Llegó anoche.
–¿Solo?
–Bueno, digamos que lo dejaron en consignación, ja, ja, ja.
No me hizo gracia. Igual, decidí seguir preguntando.
–¿Quién lo dejó?
–Una camioneta. Roja. Pensé que iban a cargar nafta, pero abrieron la puerta y lo empujaron. Acá nadie puede tenerlo y corre peligro. Por la ruta, ¿vio?
Me tenía que ir. Mucho trabajo atrasado, trámites pendientes y las mascotas que me esperaban. Mil veces me pregunté por qué siempre tengo que ser testigo de este tipo de cosas; un zoquete perdido vaya y pase… pero un perro es distinto y esta vez se ve que el reclamo me lo hice en voz alta.
–No se pregunte por qué sino para qué, muchacha.
Me mató. Además de triste, ahora el señor éste me estaba haciendo sentir culpable.
Subí al auto.
–Aparicio se llama.
Prendí el motor.
–Porque se apareció de repente, nomás. Buen nombre, ¿no?
–Sí –le contesté sin mirarlo.
Puse el cambio.
–Yo tengo dos perros y dos gatos –dije en voz alta, dando explicaciones que nadie pidió. Debe haber sido para reforzar mi propia idea de que no podía llevarlo conmigo.
Un cartel de algo rico con papas, camiones, vacas, un hotel al costado de la ruta y mi pena. Por el kilómetro ciento veinte lo que sentía, era bronca. Me acuerdo del número porque se me ocurrieron doce posibles insultos. La indignación era para con la gente de esa camioneta roja y todas las gentes capaces de abandonar a un perro así, a la deriva, a la marchanta, a la qué te criaste, a la qué te tiró de las patas.

 

Mariana Barrandeguy, uruguaya, vive en Buenos Aires desde 2002.
Es actriz y cantante. Realiza espectáculos para chicos y ha creado el grupo “Los Puppets”. En 2011, escribió, produjo y actuó en “Patas a la obra”, una obra de teatro infantil sobre ecología que fue seleccionada en cuatro festivales, desde su estreno en calle Corrientes.
Decidió incursionar en la escritura, con un breve paso por Casa de Letras y en talleres con Valeria Iglesias, Maricel Santin y Claudia Prado.
Esta es su primera novela.

 

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.