Esto no es un libro (fragmento) – Helga Fernández

Mañana del 2 de noviembre de 2011.
(…)
Pero, ¿qué importancia puede tener que sepan cuál es mi nombre? ¿Acaso así sabrán algo de la que soy? ¿Descubrirán con él la esencia que me habita?
Bajo un cielo de noche, una  desconocida y yo nos mecíamos en el ir y venir de las hamacas de una plaza en la que se oía  un crujir  de cadenas y el relinchar de  otros juegos movidos por el viento. Compartíamos el uso de un lugar que a la luz del sol sería, otra vez, de muchos. Hasta que una pregunta, de mi hacía ella, rompió el placer de jugar: ¿Cómo te llamás?  El mundo se tornó sospechoso de repente pero, más bien, a causa de la respuesta. Una respuesta que jamás creeré, porque si ella contestó lo que contestó fue sólo por copiarme y, a lo mejor, por arrebatarme así, de un tirón, la otra mitad de la plaza que me tocaba en suerte. Hoy pienso que esa chica, que dijo ser la dueña de mi nombre,  fue una espectral aparición.
¡Qué misterioso es el nombre propio! Una palabra que no se traduce ni se intercambia por otras; una palabra que alguien eligió para que coincida con uno. Uno que existe porque esa palabra distinta a todas, llama. Como si ella nombrara, con la combinatoria de sus sonidos una permanencia gracias a la que es posible reconocer, y que se reconozca, que estamos. En raras ocasiones, me pregunté qué sería de mí si el nombre con el que me llaman no concordara con el que yo me llamo. Por suerte, nunca pude contestármelo, muchas veces me sentí extraña conmigo misma pero jamás al extremo de no saber que soy la que soy, distinta o igual a la que fui o seré.
Mucha chachara, pero todavía no dije mi nombre y a lo mejor no lo hayan notado, perdidos en el encontrarse en lo que digo. O, tal vez, teniendo más disposición de la que supongo para ir a dar con lo distinto, sí lo  advirtieran y continuaran leyendo. Ana, una amiga de la infancia,  dice que yo me oculto para mostrarme.
Me llamo y me llaman, en lo que felizmente hay coincidencia reduciendo la estadística de equívocos, María Sol. Sí, María Sol me llamo. De sopetón hago todo lo que me cuesta.
(…)
 
4 de noviembre de 2011.

Es cierto, escribo desde los 9 años, como dijo Ana. Pero también podría decir  que dibujo desde los 3, que corro desde los 2 o que canto desde el año y medio, y no faltar a la realidad. Aunque sólo puedo afirmar que escribo desde los 9 años.  Y no  porque registre cosas en la agenda o por tomar apuntes de clase. No. Bueno, sí, pero nada de eso por sí mismo me autoriza a declarar que escribo.  De lo contrario también podría aseverar que soy atleta urbana de 100 metros llanos -con algunos baches- porque corro el colectivo; soprano, por   cantarles agudo a los niños y dibujante de cómics eróticos porque al asistir a discursos prolongados garabateo involuntarios falos o transformo los hojalillos de las páginas en tres flores rebosantes, con tallo incluido. Ana se ríe, no puede dejar de interpretar que las flores son el complemento perfecto de los penes bocetados. ¡En fin, la idea fija no es mía!
Sí puedo decir que escribo porque un día, no sé cual, se me decidió  la tarea de ganarle algo de terreno a lo que no tiene palabra. ¿Qué me llevó a eso? Tampoco lo sé. Ana me sugiere -cosa rara en ella porque casi siempre ordena- que me dedique a la arqueología, en mí, del quehacer en cuestión. No entiendo muy bien a qué te referís con arqueología, le digo. A encontrar la causa de esa decisión en los  restos materiales, distribuidos en el espacio de tu memoria y contenidos en el tiempo de tu historia, contesta. La miro perpleja y, como si la  entendiera, procedo a la excavación labrando testimonio del recuerdo, igual que una arqueóloga que toma la vasija más próxima a su mano.
Cuando era chica leía una colección de libros que tenían por lema: “Las posibilidades son múltiples; algunas elecciones son sencillas, otras sensatas, unas temerarias y algunas peligrosas. Eres tú quien debe tomarlas. Puedes leer este libro muchas veces y obtener resultados diferentes. Tú decides la aventura, tú eres la aventura.” Al final, después de tanta promesa de mundo elegido, lo máximo que podía decidirse era por dónde continuar entre dos opciones que se encontraban al pie de  ciertas páginas.  Pero, pese a todo, tomaban en cuenta al lector porque  él decidía qué leer. “Si decides cancelar tu cita con Juan y buscar a Pedro, pasa a la página 7. Si crees que Pedro está bien y sigues con la idea de ver a Juan, pasa a la página 8.”
Como suele suceder, muchas gotas son las que llenan el vaso aunque, después, cuando se rebalsa, se le eche la culpa sólo a una. Esta, la que sigue, es la que a mí casi me ahoga.

(…)

Helga Fernández nació el 11 de diciembre de 1974. Trabaja como psicoanalista de día y trata de escribir a la noche.
helgaf@hotmail.com

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.