Mi hermano se fue a vivir al Mundial de Francia – Julián Martínez Vázquez

Mi hermano se fue a vivir al Mundial de Francia. Desde entonces no lo hemos vuelto a ver.
Si bien pasaron tres años desde ese día, puedo recordar detalles insignificantes tales como: que el 132 demoraba más de la cuenta, que la esquina de Paraguay y Córdoba estaba desolada, que el cielo era una monstruosa nube sola, que ese suéter no era suficiente abrigo.
Nos dio pena verlo arrastrar esa valija. Llevaba ropa para verano, pero también algo de ropa de invierno, porque alguno de los partidos se jugaron a la tarde y refrescaba.
No digo que a papá le cayó bien la idea porque no es cierto. Él le insistía a Franco: que se quedara con nosotros. Pero a mi hermano mayor –somos cinco- siempre le gustó el fútbol, sobre todo el mundial ’98. Nosotros hubiéramos preferido que ganara Brasil, pero Franco no. Nosotros defendíamos a Brasil porque –por más que sea nuestro mayor rival- es un equipo sudamericano.
Papá le recordó la dirección de Stephan en Bordeaux. Hasta le había dado días atrás el teléfono para que lo llamara, así le iba a ser más fácil conseguir las entradas. De todos modos, cuando le preguntó a Franco si llevaba el teléfono, mi hermano pareció dudar, y entendimos que no le resultaba muy atractiva esa indicación.
Nos pusimos tristes, porque la verdad es que somos una familia muy unida. Pero Franco ya es grande, y lo menos que podemos hacer, cuando ya tomó una decisión, es alentarlo. Mariano le encargó una remera de algún equipo, mamá un cd de Barbara, una cantante que debe ser muy buena y tuvo una muerte dramática. El tío Carlos le pidió algo de Jacques Brel, ‘pero no un grandes éxitos’ le repitió varias veces.
Y así, un día nublado se fue con su valija, tomó el 132 a Retiro, el tren a Belgrano a lo de Fer –su novia o ex novia- y de ahí a Ezeiza, al Mundial de Francia y a la eliminación de Inglaterra. Si bien se había cansado de ver ese partido por televisión, quería estar ahí, porque nada era comparable con estar ahí en ese momento.
La idea del viaje había surgido en mi hermano lentamente, para tomar forma y concretarse meses después, como una flor que crece a partir de una semilla arrojada al descuido. Todo empezó el día en que un amigo de la familia vino a cenar a casa. Cuando llegó el café, el hombre nos contó que la empresa le había regalado en base a los beneficios anuales un viaje para dos personas al Mundial de Francia. Como ni él ni su esposa podían estar más de tres días porque debían volver a sus respectivos trabajos, eligieron –sin discusión- Argentina-Inglaterra. Si bien era temporada alta en ese momento, la empresa les consiguió muy buenas ubicaciones en el estadio. Además, no era uno de los partidos más solicitados, salvo para el turismo argentino.
El hombre se entusiasmaba tanto con el cuento que teníamos miedo de que derramase el café. Mirábamos el temblor del pocillo y luego sus ojos. No digo que fuéramos ajenos los restantes miembros de la familia a los encantos de su narración del partido, pero de hecho pudimos superar esa emoción al día siguiente. Todos, claro, menos mi hermano, que desde entonces se propuso ahorrar e irse a vivir al Mundial de Francia. Las cosas no le iban bien acá, por cierto. Quería probar suerte en otro lado.
Fue inútil que le insistiéramos a mamá con que, si bien la prensa local preveía lluvia durante el partido Francia-Italia, dicha lluvia finalmente no interrumpiría el transcurso del encuentro. Ella no se quedó tranquila hasta que Franco le prometió que iría al estadio ese día con el piloto gris y un paraguas. Además, como ya se ha dicho, mamá sabía que después de ciertos encuentros jugados bien entrada la tarde, por más que se tratara del mes de julio, las temperaturas descenderían abruptamente, así que le puso en la valija dos o tres prendas de abrigo de más.
Y mi hermano se fue, nomás. Lo acompañamos todos a la parada del 132. Papá, con una mirada con resabios de ‘esto es una locura’, resignada en ‘igualmente te deseo suerte, a estas alturas’.
La calle Paraguay estaba desolada. El cielo seguía inmenso gris. Tardaba en venir el 132 cuando mi hermana Cecilia –la menor- comenzó a llorar despacio. Franco la abrazó manteniéndose fuerte y le dijo otra vez lo que a nosotros: que su idea era regresar en unos años.
Papá se quedó callado. No le iba a repetir que todo muy lindo los primeros meses pero iba a terminar cansándose de los partidos.
Entonces vimos venir el colectivo blanco por la calle que seguía desierta. Una máquina que se lo llevaría con detalles en azul y rojo.
Mi hermano buscó las monedas en su mano. Las contó, y eso es lo último que recuerdo de ese día y de mi hermano Franco: sus ojos mirando hacia ese montón de rueditas de metal dando vueltas entre sus dedos, escabulléndose, escondiendo sus cifras de cinco o diez centavos para cansarlo y hacerlo desistir: un último intento por detenerlo de parte de la gran patria argentina, o –particularmente- de la Casa de la Moneda.
Pudo sumar las cifras, subió los tres escalones del 132 y dijo la última palabra que le escuchamos decir: ‘Setenta’. Confiamos en que el chofer solicitó a la máquina el boleto correcto, confiamos en que el tren desde Retiro lo llevó a Belgrano y desde allí a casa de Fer –su novia o ex novia-. Confiamos en que llegó a Ezeiza a tiempo y así tomó su vuelo al Mundial de Francia. Debemos confiar sin más, porque Stephan –el amigo de mi padre en Bordeaux- nunca nos comentó que Franco lo llamara.
Y es así que aún hoy mi madre, cada tanto, se detiene en los canales del cable buscando el Mundial de Francia. Retrasmisiones y publicidades. Es ingenuo buscar la cabeza pelirroja de Franco entre los miles de asistentes a la final entre Brasil y Francia, una tarde remota, en el centro de otro continente. Pero ella lo hace durante horas, aunque no quiera reconocerlo. Aunque cambie de canal y disimule cuando cualquiera de nosotros se acerca al comedor diario. Le descubrimos los ojos llorosos, aparece una conductora y ella simula prestar atención a esos jarrones hechos con porcelana fría, mientras planea volver a su señal deportiva ni bien nos demos vuelta. Como si hiciera algo malo, traicionándonos, como si pudiera recuperar de esa manera a su hijo mayor del Mundial de Francia, más allá de los resultados y de las lluvias. Imaginándose que nos abandona un día y se va ella también a esas tribunas tan lejanas. Alentando a Francia en la final, contra nuestras preferencias.

Julián Martínez Vázquez julimv68@gmail.com

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