Sapucai y Brillante Iberá – Graciela Gregoroff

Sapucai

El aroma del alcohol en gel refresca el ambiente cargado de toses . Somos muchos, cada vez más turnos acumulados, los médicos no llegan y, en el poco espacio que le queda a mi imaginación, busco desesperadamente al protagonista de mi novela mental.
–¡Cantate un chamamé, Maia! –le decía Cipriano a su nieta de no más de 3 años, ya fastidiosa después de los primeros quince minutos en la sala de espera.
Le hablaba sentado en una silla barata, de esa sala que había quedado chica, mientras sus pies acompañaban un ritmo litoraleño que su boca no podía contener. La nena lo escuchaba tirada en el piso, observando de un modo adulto cómo su abuelo parecía ajeno a la situación. Me pude imaginar las postales que poblaban su cabeza mientras entonaba bajito un chamamé: juncos, orquídeas, el arenal y un sol rojo poniéndose en la laguna. Eso lo iluminaba y le hacía bailar el alma.
–¡Cantate un chamamé, Maia! –repetía, a la vez que separaba las manos por sobre las piernas abiertas, bajaba el hombro derecho para levantar el izquierdo, mientras los dedos uno a uno parecían tocar en el aire teclas o botones para explotar en un sapucai contenido que le saltó de la garganta.
–¡India!¡Salvaje! ¿Vos sos toba como tu abuela, Maia? –el monólogo continuaba y ninguna de sus mujeres pronunciaba palabra. Él reía, ausente a todo.
Con el grito, logró que los treinta ojos, aburridos de mirar el mostrador de adelante, giraran hacia el costado para no enderezarse más.
Cuando su esposa intentaba callarlo o pedirle que bajara la voz, él la criticaba ¡Juana, siempre tan tímida vos!¡Déjate de joder, mujer!
A mí me había llamado la atención apenas puso los pies calzados con zapatos negros acharolados en el consultorio, compitiendo con el sol de las tres de la tarde. La camisa color obispo, el chaleco satinado gris humo con sus dos botones abrochados, el saco y el pantalón negro le daban un aire de superioridad, en donde se podía leer “aquí estoy, mírenme”. Tenía una notable habilidad para mover la mano izquierda y que se viera el gran anillo de sello en plata 925 que lucía su anular.
El peinado para atrás con gomina, dejaba al descubierto una piel curtida, oscura y, a la vez, algo colorada. La oreja izquierda perforada daba señal de que el aro era solo para ciertas ocasiones y parecía ya estar vestido para una, como si la función, a la que seguramente no asistiría su mujer, fuera esa misma noche. De calzas negras y ojotas, se veía a las claras que había salido apurada de la casa. La fiebre de Maia no cedía a los antitérmicos y necesitaba que un médico la revisara.
–¡Y sí, para eso estamos los abuelos! – contaba Cipriano a nadie en particular, porque todos le esquivábamos la mirada cuando comenzaba a hablar y volvíamos a él, intrigados, curiosos, cuando se internaba de nuevo en su nube .
–Mi hija vino y le dijo a mi mujer: mami, ¿me llevan a la Maia a una guardia que no le baja la fiebre desde la madrugada? Yo me voy a trabajar. Así que agarré mi Fordcito y le dije: vieja, vamos, ni te cambies vos…y nos vinimos pa´ca nomás.
Comencé entonces a prestar más atención a esa mujer callada que lo acompañaba, se notaba, desde hacía bastante tiempo. Ella tenía fuertes rasgos aborígenes, morocha de piel y pelo, nariz ancha, pómulos sobresalientes, boca carnosa y mirada sufrida. Simulaba no importarle la exposición del marido, tan distante de su ancestral discresión. Para eso se sentaba de costado, casi dándole la espalda. Solo de vez en cuando lo buscaba con sus ojos, queriendo que Cipriano se reconociera en ellos. Se amparara en ellos. Pero él no se daba cuenta. Volvía, entonces, a darle el revés.
Durante las tres larguísimas horas de espera, la soberbia y el desplante de él recibieron incondicionalmente el asilo de ella. Todos escuchamos la vida de éste correntino chamamecero, que aprendió solo a tocar el acordeón desde el día que a su papá le dieron uno en parte de pago. Vivió en Villa “La Rana” cuando, según él, la villa era otra cosa, éramos toda gente del campo, laburantes ¿no, vieja? Ahora vivía a solo dos cuadras de esa villa, orgulloso, en su casa de material, y tenía auto. Tocó con los más grandes del chamamé, Tránsito Cocomarola y Tarragó Ros, en Chile, Paraguay y Uruguay. Sin querer, mi novela se completaba con la lluvia de historias contadas en primera persona y, hasta allí, con un mínimo hilo conductor, pero él decidió ir a fumar un cigarrillo a la puerta, y quien sabe, el sol o el aire, después del primer Marlboro, ya no coordinó de la misma forma.
Cuando Juana despertó de un corto sueño, Maia estaba más desparramada que antes en el piso sucio, inspirando aire del sorbete aplastado que tenía dentro de la botellita de Coca, ya vacía. Y Cipriano no estaba sentado a su lado. Le había cedido la silla a una abuela dobladita y arrugada. Por el vidrio se lo podía ver, fumando y hablando, vaciando su vida llena de palabras en la cabeza de gente que no quería escuchar. La mayoría de los que estábamos adentro salimos en algún momento a renovar el oxígeno de nuestros pulmones y fue inevitable mirarlo, sonreír a algún chiste o asentir a cada: me entiende, señora. Yo me turné en la vereda con un señor gordo, algo tímido, que mientras caminaba hasta el cordón, ida y vuelta, miraba para abajo, evitando quedar cerca del correntino, para que no lo agarrara del brazo.
A Cipriano la impaciencia le consumió el atado completo de cigarros. Decidido a ir en busca de más, no sé cómo y por qué, volvió acompañado por la policía que se lo llevaba detenido. Ya se había hecho de noche y la luz del patrullero teñía de azul la cuadra.
–Vieja, salí que me quieren llevar preso. Es lo que se escuchaba tras el tac, tac, tac, del anillo de plata sonando en la puerta de vidrio.
–¡Vieja, vení pa’ ca, te digo!
Juana parecía no terminar de entender ¿seguía dormida?, pero se levantó como resorte de la silla, alzó a la nena y se despabiló cuando vio a Cipriano con las manos esposadas detrás de la espalda.
–Esperá que aviso…
–¡Viejita! ¡Vení, vení que me quieren llevar!
La desesperación y el aturdimiento se notaba en el actuar torpe de esa mujer, con la nena a upa, preguntando qué pasaba al oficial con el que el correntino no paraba de discutir.
No pude saber qué ocurrió, si alguien lo denunció por algún motivo. Lo cierto es que, mientras se subía al asiento trasero del móvil policial, Juana le prometía apuntándolo con el índice ¡Ya voy a sacarte viejo! ¡Ya voy para allá!
No importó que la nena quedara sin revisar. Su hombre estaba en problemas y ella debía actuar. Mi novela tomó otro rumbo, la realidad se interpuso.
Los desplantes y la soberbia dieron paso al niño pidiendo por su mamá.
Juana no titubeó. Del personaje de sometida que yo le había adjudicado a loba aullando, leal al acuerdo, ese que se pacta entre dos seres que hasta con su misma distancia se contienen. Hasta allí no llegó mi improvisada ficción.

Brillante Iberá

De chica odiaba el chamamé, así que lo erradiqué de mi vida para descubrirlo con el brillo del Iberá cerca de los cincuenta.
En mi familia se desconoce ascendencia litoraleña alguna, pero en casa siempre sonó en el Winco.
Ese ritmo figuraba entre los que nunca escucharía, como el tango. Y aunque mi papá vaticinara: no te preocupes, el tango te espera, yo confiaba en que no sucediera con ninguno de los dos.
Solo oír esas notas salir de la verdulera, preparaba las manos hacia las orejas, para taparme de inmediato y evitar que el sapucai invadiera mis sentidos como defendiéndome de algo que inevitablemente me iría a alcanzar.
Entre esos años de infancia y el inicio de los cuarenta, mi vida dio muchas vueltas, las mismas que el Sol alrededor de la Tierra para que pudiera cumplirlos. En el medio, pistas falsas, como en un policial. Piano, cursos, talleres, casamiento un viernes 13 y luna de miel embarcados, sin prestar atención al sabio dicho popular que terminó cumpliéndose.
Despejar mi nube cargada de dudas, respirar el dolor amalgamándolo con lo mejor de la vida, saber resolver lo que podía y lo que no, para otra vez quedará, ese fue el objetivo y lograrlo sin culpas un trabajo de todos los días.
Como efecto dominó las situaciones y las gentes se sucedían, quedándose las correctas, soltando las que no tenían que ser. Igual lloré por todas. Para la mayoría de las circunstancias, encontré la música que me llevó a la inspiración precisa.
Así, un día, mis oídos se amplificaron y un tango penetró hondo, y al otro, un chamamé que olía a tristeza. Cierta memoria de desarraigo se apoderó del corazón hasta las lágrimas, sacudiendo el letargo desde el soplido de un fuelle de acordeón.
Música doliente la llamé, al escuchar esos chamamés de ritmo lento, de notas sostenidas, que hacían que el abanico sonoro se abriera como quejoso, para cerrarse luego cortando el aire. Me evocaban a mi abuelo Eslavo, sentado en un banquito bajo de madera, tomando el yogurt que su madre preparaba con la leche que pudieron ordeñar hasta que ya no hubo pastos ni vacas, solo humo, escombros y una música sonando a distancia.
Enlacé Bulgaria a Corrientes el día que los primeros acordes de Panambí –mariposa – sonando desde un acordeón, me llevaron río abajo por el correntoso caudal, esquivando juncos y embalsados. Gringos rubios de ojos verdes, flotando como camalotes en mi propia mirada. Atardeceres rojos, sobre las aguas brillantes de la exuberante laguna.
Canoas, arenal y chamamé recorriendo distancias por mi sangre mestiza, desde la melancolía oscura, hasta la polka alegre. Desde los Balcanes, hasta los Esteros.

Graciela Gregoroff nació en Villa Ballester, Buenos Aires, en marzo de 1961. Es decoradora y teje hace 11 años en telar manual. Desde el 2012 participa en talleres de escritura coordindos por Juana Schuster y, a distancia, por Claudia Prado.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.