De lejos – Irene Prieto (de Coogan)

Bajé del taxi a un lado del parque de La Bombilla, con tiempo suficiente para hacerme bolear los zapatos, antes de mi cita en el restaurante a dos cuadra de ahí.
Me acomodé en el asiento alto forrado con plástico rojo, y saqué mi libro. No es común ver a mujeres, incluso en pantalones, haciéndose bolear los zapatos, pero tampoco me he percatado (o no he querido percatarme) de miradas o murmullos críticos cuando lo hago.
El bolero musitó algo. Bajé la vista. Ahora lo veía con atención, ¡qué anciano! Todo arrugas y ningún diente. Por eso me costaba entender lo que decía.
—¿Qué edad tiene? —cerré el libro, pues era obvio que él tenía ganas de platicar, aun chimuelo.
—A ver… déjeme acordarme —se detuvo con el trapo en la mano—. Nací en 1923.
—¡Uy! Tiene noventa… —no dije ni pensé “¡qué horror!”, ¿por qué? Desde que mi mamá vive en una residencia, donde las edades de las señoras oscilan entre los 75 y los 101 años, me he acostumbrado a tratar con personas ancianas y nunca me ha parecido que les inquiete reconocer su edad. Con este hombre, sentado en su banquito a mis pies, me fue fácil hacer el cálculo, no tanto por lo obvio, sino porque pensé en que mi mamá, nacida en 1926, tenía ahora 87. En mucho mejor estado físico que él, pero con menos lucidez. En todo caso, ella no podía ya concentrarse por más de unos minutos en ninguna tarea manual o intelectual. Y eso que fue una mujer hacendosa, que no sabía estarse mano sobre mano como ella misma decía. Además de ávida lectora.
—Sigo trabajando —respondió el hombre —porque tengo toda una familia que alimentar… Pero me duelen las rodillas.
¿Qué familia era ésa? ¿De casi viejos de 70 años? ¿Y este pobre los mantenía? Tal vez en esto le patinaba un poco…

En ese momento alcé la vista y vi que bajaban varios pasajeros del Metrobús. Entre ellos, la reconocí aun de espaldas. Esperaba a que cambiara el semáforo. Vestía su traje pantalón oscuro, y la melena rubia era visible sobre el cuello del saco, junto con la correa de la bolsa puesta en bandolera. Un poco jorobada, como si llevara el mundo encima.
Nunca tenemos oportunidad de vernos a nosotros mismos de espaldas. Si acaso, de perfil, en un espejo en la casa, o una vidriera por la que pasamos en la calle. A veces no nos reconocemos: creemos ver a uno de nuestros progenitores. Observar a alguien conocido de espaldas, en un lugar público, sin que la persona se dé cuenta, tiene algo de espionaje… Podía haberla llamado, pero habría sido incómodo, desde el otro lado de la calle.
El anciano terminó su labor, dejándome los zapatos como nuevos. Le pagué. Me dirigí a la esquina a esperar que cambiara la luz. Con seguridad, mi hermana ya habría llegado al restaurante.

Irene Prieto (de Coogan) nació en México, DF, en 1945. Se licenció en Letras (UNAM) y ejerció como traductora en Naciones Unidas, NY, desde 1969 hasta 2001. Ha publicado poemas en revistas de México; el libro “Los poemas de Irene” (Ediciones El Maitén, 1990) y cuentos en la antología “Hechos en Nueva York” (Inst. de Escritores Latinoamericanos).

 

 

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