La casa y Bogotá desde la terraza – Marian Cuestas

La casa

Algo parecido al derrumbe sucedió con la muerte de la abuela. El día de la venta de la casa, todos nos mirábamos con ojos tristes, lamentando secretamente haber tenido que llegar a semejante instancia por la herencia. En la sala de la contemplación se encontraba la familia silenciosa: seis hijos que quedaron del matrimonio de los abuelos (cuatro mujeres y dos varones), cuatro yernos, dos nueras, catorce nietos y cinco bisnietos. De los treinta y un pares de ojos presentes no hubo uno que no se empañara en el momento de la despedida, aunque nadie lloró.
La mudanza fue un hecho poco menos de dos meses después del cierre del negocio y la tristeza aún no se nos había quitado de encima. Los que habían estado lejos, viajaron para ayudarnos a empacar (supieron con certeza que resultaba ser mucho trabajo empacar una casa de tres pisos, cuarenta años y más de treinta y un vidas, en unas cuantas cajas de cartón). Todo estuvo terminado. Los muebles se repartieron, así como los platos, los adornos y los electrodomésticos. Fue una repartición justa: aquellos que necesitaban de eso que se repartía, lo tomaron; y aquellos que habían comprado algo y a manera de regalo se lo habían dado a los abuelos, lo recuperaron. De a poco la casa fue quedando “triste y vacía”, apenas lista para los nuevos propietarios.
Entregamos las llaves un martes a las cuatro de la tarde, aunque nos habíamos ido la mañana del lunes a pasar la noche en otra casa, una que no nos pertenecía de ninguna manera. Los días que siguieron los vivimos sin remordimiento, aunque con dolor, pensando que, a pesar de que no nos habíamos repartido las piedras de una casa en ruinas, sí habíamos repartido entre nosotros la casa.

Bogotá desde la terraza

Puedo imaginarte en frente de la noche, sobre la ciudad, con una taza de café que no se agota en tu mano derecha y tu otra mano en el bolsillo. Sientes frío, pero no te importa, porque no hay otro lugar donde quisieras estar, sino allí, en esa terraza solitaria, llena de silencios ajenos y suspiros del viento. Levantas un pie suavemente para hacer algo de música, un paso o dos, tal vez, hacia la baranda que hasta ahora detiene tu vida de irse cuesta abajo, edificio abajo. Y levantas la mirada. Al fondo casas que son luz, pero que seguramente son casas de día; un cerro desordenado que se joroba inconstante, paciente, para no hacer caer a quienes lo habitan. Tal vez la luna sobre tu cabeza soplando en secreto la nube que tapa su orgulloso resplandor, y un par de estrellas que quieren ver contigo, curiosas, la ciudad que se despliega a tus pies.
Una canción en tu cabeza, claro, siempre hay una canción en tu cabeza. “I’ve seen this one before, the girl she gets away… Everything is quiet as she waits to tell him who she is”. El piso está un poco mojado —¿te esperabas eso?— y se mojan tus zapatos y tu pantalón tímidamente y a oscuras, sin que te des cuenta. Sigues viendo hacia allá, como dejando con tus ojos tus angustias sobre las montañas, entre las casas de tejas viejas y las callecitas recovecudas e invisibles que tienes en la frente.
La luz naranja y lejana que tiene la terraza no te distrae, ni su reflejo largo y perezoso sobre el agua; tampoco te sorprende la sirena que escuchas a lo lejos cantando su canción desesperada mientras se va o la mujer de blanco que corre como huyendo de un perseguidor invisible. No. Simplemente callas y bebes tu café, porque nada más te importa, ni quieres que te importe.
¿Cuánto tiempo ha pasado? Tal vez una hora, se ha agotado tu café de tu infinita taza de café y la sostienes por su barriga, sin temor a quemarte, porque se ha acabado.
No tienes por qué tomarla por la oreja, te dices. “And if you don’t know just what to think, then put your thoughts away and keep them out of reach…I could have moved on long time ago”. Alguien te descubre de lejos y grita un nombre que no es tuyo. Volteas con ese gesto impredecible y taciturno, como si hubieras dejado tu vida en la mirada que le diste a la ciudad, caminas hacia ese que te llamó sin decir tu nombre, lo persigues y te vas.

Marian Cuestas es colombiana, bogotana. Tiene 22 años, estudió literatura en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Actualmente traduce artículos periodísticos para niños en Press4Kids, en Manhattan.

 

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