Maleta bajo la cama – Patricia Benabe

Él dijo que no viajaba más. Ella también dijo que no volvía a viajar, sin embargo no decían lo mismo. Lo de él era una promesa: si toco tierra con vida, no viajo más. Ella en cambio enunciaba una realidad simple y llana: si este vuelo se estrella, no vuelvo a viajar.
En aquel entonces -los años cincuenta- ambos cursaban una maestría en Baltimore. Volaban de regreso a Puerto Rico con su hija de dos años en la falda, cuando interceptaron una tormenta eléctrica. En esa época aún no existían instrumentos de medición que permitieran predecir con precisión una tormenta. La tormenta se anunciaba ella misma, uno sabía que había mal tiempo cuando se tenía enfrente la brillantez de los rayos, el tronar de los relámpagos. El avión daba unos subidones y bajones muy abruptos, la peor turbulencia que hubieran imaginado posible. Todos los pasajeros temían lo peor, varios rezaban en voz alta. Él prometió no volver a viajar más si tocaban tierra vivos. Ella dijo:
-No vuelvo a viajar.
Nació una segunda hija. Permanecieron todos en la isla diez años sin subirse a un avión. Al cabo de un tiempo, ella volvió a viajar. Acompañó a su hija mayor a una conferencia de trabajo. Luego escoltó a su hija menor a tomar unos talleres de contabilidad. Él no se opuso, porque iba a acompañar a las nenas. Luego las nenas se casaron, y ella se fue con la cuñada a tomar un retiro de Unity. Él no manifestó grandes objeciones, viajaba con su hermana mayor, y a fin de cuentas iba a un retiro espiritual. Accedió a los viajes de su esposa, aunque con las muelas de atrás. Fue con los cruceros, ahí comenzaron los problemas.
Los viajes en crucero surgieron con Doña Rosita, una señora mayor, agente de viajes, que una vez fue paciente de la hija mayor. “Tienes que conocer a mi mamá, a ella le encanta viajar.” Las presentó, y enseguida hicieron buenas migas. Comenzaron a colaborar en negocios, ella reclutaba personas para los viajes que Doña Rosita organizaba. Luego organizó rutas ella misma. Inventaba recorridos por el mundo y reclutaba suficientes viajeros para llenar quórum y dar el viaje. Él no tardó en detestar a Doña Vieja, como prefería llamarle.
El preámbulo de los viajes se convirtió en una serie de batallas olímpicas. Ella dejó de involucrar a sus hijas, y recurrió a los hermanos para que la buscaran a la casa y llevarla al aeropuerto. Igual los hermanos tampoco querían pleitos con él, le ponían muchos peros cuando ella pedía el favor. Para ahorrar confrontamientos intrafamiliares no-conyugales, les proponía encontrarlos en otra calle aledaña. Doña Elsie salía de la casa todavía de madrugada, mientras él dormía aún y la única seña de vida en la calle Pasionaria era el canto de los coquís. Arrastraba su maleta de ruedas por la acera desnivelada por las raíces crecidas de los árboles, hasta
la esquina de la calle donde esperaba a Tío Yibi, o a Miguel. Al pariente que lograse engatuzar. En aquella calle suburbana en San Juan, un peatón era algo insólito a esas horas, antes incluso de que descendieran las señoras de la limpieza del transporte público e iniciaran su procesión matutina desde la esquina de la avenida donde les deja la guagua, un pelotón que va dando graduales bifurcaciones hasta que cada cual llega a la casa destino.
Cuando Don Peyito despertaba, se descolocaba al darse cuenta de que su esposa no estaba durmiendo en su lado de la cama, ni en ninguna otra parte de la casa. El primer reclamo solía ser a sus hijas. “¡Se volvió a escapar, esa sinvergüenza!” “¡Ni desayuno dejó hecho!” A veces las hijas ya sabían de la fechoría de su madre, o la habían intuido. Otras veces ellas quedaban tan sorprendidas como él.
Cuando regresaba Doña Elsie, todo parecía calmarse por un tiempo. Hasta que daba el siguiente viaje, y volvía a repetirse la misma escena. Llegó a dar más de diez viajes así.
Una vez se fue a Carolina del Sur, a la casa de su hermano Harry y la esposa. Y se fue quedando. O se fue para quedarse, nadie sabe cuánta premeditación hubo en ese tramo en particular. Ni ella misma lo tiene claro. Con su cuñada dio varios viajes, a Harry no le molestaba que su esposa viajara sin él. En uno de esos viajes, caminaba por el Parque Central en Nueva York con Linda cuando le faltó el aire. Volvieron a Carolina del Norte a hacerle estudios. Le descubrieron un cáncer. Aún así, no quiso volver a su casa. Se operó en Carolina del Sur. Sus hijas fueron a pasar el mes de diciembre con ella en el hospital. Él no viajó más.

Patricia Benabe es documentalista, trabaja en la producción de documentales para cine, televisión y la web. Además de en producción,
trabaja en fotografía y video documental.
En 2003, escribió para Por Dentro, el suplemento cultural del diario El Nuevo Día en Puerto Rico.
Cursó bachiller en Literatura Comparada y Estudios Latinoamericanos en NYU, y una maestría en guión de cine y televisión en Escuela TAI en Madrid.

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