Mis abuelos – Isabel Blondet

Mi nombre es Kam Wéi
El padre de mis hijos se llama Juan León
De mi bába no me queda nada
Solo el brillo de su machete al sol
Sus manos en puño en el carrizal
Ahora son las mías

*

La brisa del mar me trae la risa de má
Cuando bajaba la marea
Recogía caracoles en su qipáo
Ya nada me queda de mi má
Ni la peineta de nácar que encerró en mi mano
Ni la seda de su mejilla en el puerto de Nanyín

*

Lloré desde que el viento hinchó las velas
Mis lágrimas se confundieron con el jade de altamar
Cuando llegué al Callao, el niño y el cerezo no eran más

*

Aquí las estaciones no someten a la flor
El tiempo, como un regazo
Consuela de la ofensa del rocío
Enjuga el delirio de la esperanza

*

La sangre de mi sangre no es tan mía
Como la nostalgia
Mis hijos no buscan en el horizonte
A meiméi revoloteando entre el bambú

*

Mi esposa dice que en sueños digo palabras desconocidas
Pero la rana y yo hablamos la misma lengua
Cuando escampa en la ribera del Lunahuaná
El junco se engalana con perlas de Guangzhou

Mi abuelo materno llegó al Perú en un barco que salió de Guangzhou a fines del siglo XIX. Dejó atrás a sus padres y hermanos, una familia que ya había sido desplazada hacia el este de la península de Xuwen a raíz de la rebelión de Taiping. Tenía quince años cuando se embarcó después de entregar a sus padres todo lo que le habían dado como adelanto por cinco años de trabajo. En su contrato estaba previsto que al cabo de esos años tendría derecho al viaje de regreso.
No volvió a pisar China ni a saber de su familia.
Corrían tiempos feroces en China. Las guerras, sequías, hambrunas y pestes habían diezmado a la población y habían desatado inmensos tsunamis humanos. Tan solo la rebelión de Taiping se cobró veinte millones de vidas. Mientras tanto, en el Perú, las pujantes haciendas de la costa peruana sufrieron un duro revés con la abolición de la esclavitud. Había que encontrar con urgencia otras fuentes de mano de obra barata para sustituir a los esclavos negros. Los avezados traficantes y contratistas no tardaron en ver la oportunidad y apuntaron sus proas hacia China.
La travesía hasta el Perú, diez mil millas marinas que se surcaban en cerca de 120 días, no la sobrevivían muchos. Las condiciones de hacinamiento y las raciones eran infrahumanas, a tal punto que muchos barcos chineros perdieron gran parte de su cargamento humano en sangrientos motines, brotes de cólera y suicidios masivos. Al llegar al Callao, al inmigrante chino se le despojaba de sus pertenencias y hasta de su nombre. Se le asignaba arbitrariamente un nombre castizo que a veces era el del armador, el capitán o el piloto del barco, o el del contratista.
Mi abuelo sobrevivió su contrato en una hacienda algodonera. Muchos culíes caían en la desesperación, recurrían al opio para soportar las largas jornadas y los tratos despiadados de los capataces. Muchos se suicidaron cuando empezó a correr el rumor de que un chino al suicidarse lanzándose al fondo de un pozo podía resucitar en China.
Al terminar su contrato, mi abuelo se casó con una mestiza peruana y se asentó en San Vicente de Cañete, al sur de Lima. A los hijos de los inmigrantes chinos se les llama tusanes. Los tusanes de la época de mi madre, por lo general, no hablaban chino y hacían lo posible para ocultar o disimular su ascendencia. No es de extrañar porque había entonces una discriminación desenfrenada contra esa raza.
Tardíamente me aventuré a empezar a estudiar el chino pensando que mi sangre me haría más fácil la tarea, por lo poco que aprendí, antes de darme por vencida, me he animado a introducir unas cuantas palabritas, como bába (papá), qipáo (vestido de mujer), méiméi (hermanita), en el texto.

 

***

Solo ahora nos cuentas que el abuelo Sebastián no era, como durante decenios nos habías dicho, un pequeño hacendado ganadero de Chuquibamba. Entonces, ese caballero del retrato que vi por única vez cuando visitamos tu pueblo, a mis diez años —cuando presencié horrorizada cómo degollaban en nuestro honor una ternera en el zaguán de la casa de la abuela, ante la algarabía de todos—, ese caballero no era tal. El abuelo del retrato vestía levita negra y corbata celeste, que hacía juego con sus ojos. Era rubio. Tenía el cuello corto y macizo, la cabeza cuadrada y una expresión adusta marcada por un bigote ancho y espeso.
Y tú ahora dices que lo que hacía no era criar ganado al pie de volcanes y carajear peones. Cuentas, como si te hubiera llegado la noticia en un telegrama, que tenía una recua de 40 mulas, que bajaba de las alturas hasta Ica, acompañado de tres pongos, a comprar pisco. Y mientras te escucho solo puedo imaginármelo en la levita negra y la corbata del retrato, pero con sombrero y botas de montar, cabalgando sobre una mula sudorosa por esos desiertos rojos y salvajes que solo he visto desde lejos.
Era un gran negociador, dices, y conseguía el pisco a buen precio. Con sus mulas cargadas de pisco en odres hechos con vejigas de guanaco y sellados con cera de abejas, cruzaba los Andes por hondas quebradas y pasos escarpados llevando su mercancía hasta la selva amazónica, donde con indios y colonos trocaba el pisco por hoja de coca. De allí, partía nuevamente, esta vez con las alforjas repletas de costales de coca. Se adentraba por sinuosos serpentines en los húmedos pliegues de la cordillera oriental. Cuando avistaba el Coropuna por fin se sentía en sus dominios: el altiplano de Condesuyos. Solo después de vender allí su mercancía al mejor postor, volvía a su hogar, a su casa de Iray, a descansar rodeado de su prole.
Tuvo 10 hijos, el quinto de ellos era mi padre. Su esposa, Doña Jesús, lo acogía con respeto y le demostraba su cariño revitalizándolo con sopas contundentes, chaquis rebosantes de tripas, chuño y queso, y mimándolo con sus golosinas preferidas: chulpi, tocto, habas tostadas y etéreos maicillos horneados en moldecitos de papel periódico. Él a su vez les traía el producto de sus trueques: charqui, sal rosada de las alturas, cabras, ovejas, a veces pequeñas ollas de barro para que sus hijas jugaran a la cocinita y rollos de damasco y lociones para la Doña. Una vez llegó con una vicuña recién nacida, que se convirtió en la mascota de la familia. La peineta de carey que llevaba mi abuela Jesús cuando, ya viuda, venía a visitarnos a Lima, se la había comprado él a un turco en Chala.
Padre, recién ahora nos cuentas todo, con lujo de detalle, sin explicar por qué, sin mediar enfermedad, ni muerte ni aniversario. Pero luego, como el burócrata más indolente, nos cierras la ventanilla en la cara, acudiendo al subterfugio de tu senilidad, sin dejar lugar a preguntas ni reclamos.
Algo me dice, no obstante, que me corresponde agradecerte que me lo hayas revelado aunque sea tarde, pero no puedo. Porque antes me lo robaste. Porque quién sabe si hubiera sido más valiente en los momentos cruciales de mi vida —o arriesgado más, o si hubiese dado rienda suelta a mi espíritu aventurero cuando todavía no era demasiado tarde, cuando aún podía remontar montañas—, si me hubieras dejado saber que lo llevaba en la sangre.

 

Isabel Blondet es peruana, trabaja como traductora de las Naciones Unidas. Estudió Antropología y Lingüística aplicada en Lima, Moscú y Londres. Se ha especializado en traducción del ruso al español y en temas relacionados con el desarme. Esforzada viajera, cocinera y lectora. Hasta antes de participar en este taller, escribía de vez en cuando casi a escondidas y solo para ella. Es madre de tres hijos que se han convertido ahora en los críticos más implacables de los breves relatos que escribe con la ilusión de que pasen a ser largos pies de fotos de un album familiar.

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