Bajo sospecha – Solveig Gurgitano

Supe que habíamos llegado a destino cuando él se levantó de improviso y tan rápido que no sólo me pisó, también desparramó el resto de vino que le quedaba en el vaso, el  mismo que la noche anterior había ubicado como una frontera entre su asiento y el mío.
Ni siquiera se disculpó, tampoco yo lo miré.
Desde el inicio mismo del viaje sentí un rechazo espontáneo hacia él, desde el momento mismo en que entró sin saludar a la cabina del tren que nos tocó compartir.
Se veía desprolijo, llevaba un traje gris y arrugado, daba la sensación de que lo había usado toda la semana y, muy probablemente, tampoco se lo había quitado para dormir.
De entrada me di cuenta de que era un mal educado, un tipo sin modales: leía el diario respirando fuerte sobre las hojas y se limpió varias veces los lentes con la servilleta de papel que segundos antes había usado para sonarse la nariz.
En ese momento hubiera dicho, sin miedo a equivocarme, que era un hombre  ‘común y corriente’, con un grado altísimo de vulgaridad.
Para sobrellevar la mala impresión y un viaje que seguro sería aburrido, rompí mi regla de tomar solo agua y pedí, esta vez, dos vasos de vino.
El tinto me ayudó a dormitar algunas horas, aunque me despertaba a intervalos, entonces sentía asco y unas repentinas ganas de vomitar.
Es probable que la calidad del vino no fuera muy buena, lo que sin duda pudo aumentar el grado de acidez de mi estómago y de mi carácter.
Agrego, además, que con los años, como bien dice mi tía, una cada vez soporta menos a las personas.
Precisamente es la tía que voy a visitar. Desde hace varios meses, todos los fines de semana, tomo este tren hasta el pueblo donde vive.
Durante el viaje, él se levantó varias veces de su lugar. Asumo que iría al baño porque volvía con la cara y la cabeza mojada.
Al regresar, después de que se ubicaba en el asiento, se sacudía y se agitaba como despejando el cansancio o sus pensamientos, que de inmediato presentí debían ser oscuros.
Es verdad que me han dicho que prejuzgo a las personas, reconozco que eso no está bien, aunque puedo decir que pocas veces me equivoco.
Obviamente, descarté la posibilidad de que esta vez fuera a ser una de esas.
Tenía las típicas actitudes de un individuo sospechoso, de los que parecen abundar en los tiempos que corren, probablemente implicado en actividades ilícitas, esas que según los carteles ubicados en la estación de tren deben ser denunciadas de inmediato a las autoridades.
Pero decidí no ir tan lejos y me dediqué, en primera instancia, a observarlo.
Después de esa especie de temblores que hacían que agitara todo su cuerpo, fue que aproveché a mirarlo con mayor detalle. Al mismo tiempo y para disimular, yo daba rápidos vistazos al paisaje que corría vertiginoso por la ventanilla del tren.
Él caía en un sueño profundo y, de a ratos, se sonreía como un bebe malcriado después de un gran berrinche.
Llevaba los bordes de las mangas sucios, como si los hubiera usado para limpiar los vidrios del tren o los de una casa. Por los pliegues de su pantalón, cualquiera hubiera dicho que se que pasaba muchas horas sentado.
Dormía abrazado al portafolio que subía y bajaba siguiendo el ritmo de su respiración y los movimientos de su abultada barriga. Era muy difícil adivinar qué guardaba en su interior, pero teniendo en cuenta la forma en que lo cuidaba, sujetándolo fuerte con sus dos brazos, debía tratarse de algo valioso.
Entonces tuve la idea, lentamente la empecé a elaborar a partir del pisotón sobre mi pie izquierdo acompañado de la lluvia de vino que provocó al derramar el vaso.
Por mi trabajo he aprendido a no descartar ninguna por insólita o loca que parezca.
Esta vez el plan era muy sencillo: lo seguiría al bajar, guardando la debida distancia para no levantar sospechas de nadie.
No me quitaría mucho tiempo, pensaba, lo suficiente como para entender el motivo de su ansiedad desmedida al llegar a destino, y quizás hasta podría conocer el misterio que encerraba el portafolio.
De todas maneras no tenía ninguna urgencia o apuro, podía perder algunos o varios minutos, antes de llegar a la casa de tía Coca, que seguro me esperaba, como siempre, en el jardín arreglando las plantas.
El avanzó a los tumbos rumbo a la puerta de salida, golpeándose más de una vez contra los asientos y contra algunos pasajeros que estaban de pie esperando avanzar cuando les llegara su turno.
Al bajar lo hizo con tan mala suerte que tropezó y casi se reventó de cara contra la plataforma de la estación, si no hubiera sido que un hombre frenó su caída sosteniéndolo con los brazos en alto.
Él ni siquiera se molestó en agradecerle y de inmediato se puso a buscar el zapato que se le había volado durante el incidente.
Cuando por fin lo encontró, comenzó a correr como un desesperado.
Yo lo miraba desde la ventanilla y fue en ese momento cuando pensé que debía apresurarme o lo perdería de vista.
Apenas bajé del tren lo vi desde lejos buscar algo en los bolsillos. Al mismo tiempo empezó, lentamente, a abrir el portafolio.
Sus movimientos encajaban en lo que creí sería el inicio de un atentado, confirmando mi impresión de haber estado compartiendo la cabina del tren con un terrorista.
Cuando iba a empezar a gritar, observé que se acercaban una mujer con tres niños, quienes apenas lo vieron se pusieron a saltar y a emitir sonidos que no logré descifrar hasta que pude ubicarme más cerca.
“Papá, papá”, gritaban, cada vez más fuerte a medida que se aproximaban al pasajero.
Él, mientras tanto, no paraba de sacar cosas de los bolsillos: chupetines, rosquitas de miel, trompos, chucherías de todo tipo salían de los misteriosos, oscuros y gastados bolsillos de su portafolio de cuero.

Solveig Gurgitano nació en una ciudad, Montevideo, a la que nunca olvida, pese a vivir desde hace más de 20 años en New Jersey.
Es licenciada en bibliotecología, egresada de la Universidad de la República Oriental del Uruguay.
Trabaja como asistente de biblioteca y es colaboradora de “Banda Oriental”, un medio de prensa dirigido a la comunidad uruguaya de la zona Este de los Estados Unidos.
Ha participado de varios talleres literarios virtuales dirigidos por escritores uruguayos:  Gustavo Esmorís, Fabián Severo, Gabriela Onetto y Hugo Fontana.
No le gusta la palabra “hobby” para sus trabajos escritos, entre los que se incluyen cuentos, poemas, entrevistas y crónicas periodísticas. En realidad, no la considera una definición apropiada para ningún intento o aventura en el mundo de las artes. El que escribe, el que pinta, el que canta, el que filma lo hace por motivos más profundos (aunque inciertos a veces), que simplemente gastar su tiempo o sus momentos de ocio.
Ha publicado algunos de sus trabajos en libros colectivos y reconoce la falta u omisión al no haber encarado, hasta el momento, su propio libro.

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