Borges no pateaba penales y Cotidianeidad – Leandro Ezequiel Ekman

Borges no pateaba penales

Es una historia llena de detalles, pero los detalles no están completos en mi memoria. Es casi una sucesión de pequeños olvidos que no hacen a la historia, pero la terminan completando.

Fines de los ochenta.
Era un partido en la semana y de noche, jugaba Boca con un equipo de otro país. Supongo que era la Copa Libertadores.
Ya habíamos perdido de visitante. Se jugaba en la Bombonera y, a los treinta minutos, ya íbamos dos a cero abajo. Necesitábamos meter dos o tres goles, para llegar a la definición por penales. No era para menos, el que ganaba seguía en el torneo.
Para sumarle dramatismo, a través de la ventana entreabierta, escuchábamos los gritos del vecino que lo estaba viendo con unos segundos adelantados.
Estaba con uno de mis hermanos, contento de compartir ese momento con él pero, por más que esfuerce la memoria, no recuerdo si era Marcelo o Gustavo. No modifica la historia, aunque siendo uno de mis recuerdos más viejos en torno a Boca y un momento compartido con uno de ellos, me sorprende no tener ese detalle. El que no estaba seguramente había ido a verlo a la casa de algún amigo, pero quién estaba y quién se había ido es una laguna en mi memoria.
La tensión fue en aumento a medida que el tiempo avanzaba. Gritamos todos los goles, los de Boca y los del otro equipo. Los gritos eran diferentes, claro está. Además de los clásicos insultos, decíamos algunos de destacado vuelo creativo: “¿Para qué entrenás toda la semana?” “¡Los que tienen la remera igual juegan con vos!” “¿¡Necesitas una brújula, el arco está para ese lado!?”. Había que putear; el insulto certero era y es la única forma de expresar lo que se siente en estos casos.
Se habían jugado los noventa minutos y el alargue y el árbitro había agregado minutos extras. Escuchamos al vecino gritar lo que sería el último gol de Boca para llegar a la definición por penales. Creo que lo metió Richard Edunio Taváres, un defensor uruguayo que tuvo su momento de gloria en su paso por Boca.
La serie de penales nos encontraba en un estado de histeria. Pasaron los cinco primeros y estábamos empatados. Ahora era un penal para cada uno y la tensión subía segundo a segundo.
Éramos los únicos en la casa, gritábamos como si estuviésemos en la cancha. No íbamos a despertar a nadie y no nos preocupaba. Me pregunto ahora dónde estaban mis padres. No eran de salir hasta tarde y era cerca de la medianoche. Quizás de viaje. El hecho es que no estaban y en ese momento solo nos importaba el partido.
El último penal lo pateó, para Boca, Diego La Torre, jugador que siempre admiré, usaba el diez en la espalda y lo merecía. Venía de una lesión… Lo pateó a las manos del arquero. ¡Mi vieja en ojotas hubiese pateado mejor! Boca afuera del campeonato. El otro equipo pasaba a la siguiente ronda y seguramente habernos ganado en la Bombonera quedaría como su gesta mas heroica. Ya no se lo escuchaba al vecino.
Era tarde; la excitación me había alterado. No iba a ser fácil conciliar el sueño y no lo fue.
Después de dar varias vueltas en la cama, prendí la luz, como queriendo encontrar algo que me ayudara a dormir. Así fue o no. Delante mío me esperaba Borges y su libro de arena. Alguien lo había dejado fuera de su lugar y resaltaba a la vista. Mi casa tenía bibliotecas por todas partes; mis padres y mis hermanos leían mucho, pero hasta ese momento yo no. Con suerte, cómics.
Esa noche llegué a la mitad de “El libro de arena”. Ese penal mal pateado daría comienzo a noches de lectura e insomnio, a imaginarme como uno de los protagonista de “El Señor de los Anillos”, recorrer el New York de Paul Auster, recibir los consejos de Adriano o andar sin buscar a La Maga. De pedirle a mis hermanos y mis padres recomendaciones de la biblioteca de casa, libros que no había tocado hasta entonces, pasé a tener siempre uno a mano y a leer dos o tres al mismo tiempo, a tener una colección interminable desparramada por el mundo, a estar escribiendo ahora estas líneas y pensar que las vueltas de la vida y lo que creemos malo pueden llevarnos a buen puerto.
Por suerte Borges no pateaba penales.

Cotidianeidad

Todo está envuelto en una bruma. No recuerdo la sucesión de los hechos, si fue el lunes pasado o el anterior, ni siquiera cómo estaba vestido.
Pero lo que les quiero contar pasó ayer y creo que tenía puesta la camisa celeste, una de las tantas celestes que tengo. Y lo digo porque está arriba de todo en el cesto de la ropa sucia, enroscada con las medias azules a rayas. Pero si tuviera que hacer memoria, no podría asegurar qué camisa tenía puesta. Lo que pasó está lejos de los hechos cotidianos, hasta salió en todos los noticieros.
Fui testigo de lujo, el destino me dio primera fila y aún así no puedo asegurar qué pasó primero ni qué después.
Por costumbre había parado en el quiosco de Manuel: ver tapas de revistas, hablar de los partidos del fin de semana, algún comentario del barrio o del clima. Saludamos al viejo de la boina escocesa, nunca supe el nombre. De hecho no creo que Manuel lo supiese, siempre le decía jefe, pero Manuel llama jefe o bonita a todos cuando no sabe el nombre. A mí me llama por mi nombre desde hace dos años y eso que le compro el diario hace ocho.
Que el viejo de la boina escocesa pasase y lo saludásemos creo que es lo último que me acuerdo o mejor dicho lo primero. Después, todo está encimado: el perro, la señora, el choque, el viejo. No puedo aseverar cómo se dieron los hechos. A la vez, cuando lo recuerdo y, aunque cambie de sucesión, todo parece coreografiado, con una sincronización impecable.
Qué me hizo dar un paso atrás y salir del encierro visual del quiosco todavía no lo sé y qué me hizo mirar hacia el cielo y ver al perro cayendo, menos.
Según el noticiero los hechos fueron dándose así: el perro se arrojó de un octavo piso para suicidarse. No sabía que los perros cometían suicidio, pero al parecer lo hacen. El periodista dijo que ya estaba viejo y sufría artritis. Eso sí, no dijo cómo lo había averiguado.
Así que vi al perro con artritis suicidarse y caer sobre una señora que pasaba por ahí, según el periodista, de unos 70 años. También dijo que era del barrio, pero yo no la recuerdo. Todo esto también sucedía ante la atenta mirada del colectivero de la línea 55, con los ojos fijos en el perro que caía sobre la vecina. A lo que no le prestó atención fue el Fiat delante de él.
Vi al perro caer sobre la pseudo-vecina y transformarse, con un estrépito hueco, en una masa de carne, pelos y ruleros. Los primeros gritos, el choque, más gritos; yo, testigo inmóvil. Viendo al viejo de la boina escocesa unos pasos delante de mí caer de rodillas y después dar con la cara en el piso, supuse que el paro cardíaco le agarró antes, así que no habrá sentido nada cuando golpeó la cabeza y llenó la vereda de sangre.
El periodista terminó la nota dando el reporte final: Dos heridos leves entre los pasajeros del colectivo, el chofer todavía en shock. A la señora del Fiat la llevaron al hospital, pero ya le dieron el alta. Contando al perro artrítico, tres muertos. Con Manuel todavía no sabemos dónde vivía la vecina, ni qué tan vecina del barrio era, como seguiremos sin saber el nombre del viejo de la boina escocesa.


Leandro Ezequiel Ekman
es argentino, porteño, geminiano, mal hablado e hincha de Boca. Toma mate, baila tango, es un viajero incansable y fotógrafo informal y pasional (Instagram: @LeandroE). En 1999, se mudó a Estados Unidos y vivió entre Nueva York y Miami. En 2010, volvió a la Argentina y, en el 2012, se radicó en Nueva York esperando transformar esta ciudad es su hogar.* Después de pasar por universidades de periodismo, derecho y publicidad, se recibió de Productor de Medios Audiovisuales en la Escuela Técnica ORT II (Argentina). Empezó trabajando en radio y teatro, después en producción de TV y posteriormente en comerciales y videos. Trabaja con artistas como Tony Bennett, Steve Taylor, Ricardo Arjona y Alejandro Sanz. Focaliza su trabajo en comerciales y producciones para el mercado hispano en USA y filmaciones en Latinoamérica. Comenzó a participar en el taller de escritura en el 2015, siguiendo el deseo de escribir que arrastra desde su juventud.

*Aunque una semana después de escribir esto aceptó un nuevo trabajo en Dallas, en donde vive actualmente.

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