La otra cena y otros textos – José Minaya Peña

La otra cena
Yo estaba en el cuarto sentado en la silla frente al televisor, con un plato lleno de sopa. Eran las ocho y media de la noche. Afuera hacía frío y adentro, también. El súper estaba muerto de un jumo y no dio calefacción en todo el día. El televisor estaba en un canal que transmitía Boquita Linda. En la telenovela había una familia sentada a la mesa, cenando lo mismo que yo. Qué coincidencia, dije.
De la cortina que cubría la ventana atrás del televisor, salió una cucaracha albina y voladora. Corrió hacia el lado izquierdo por el borde del techo. El techo tenía siete pies de alto y una forma como de rectángulo irregular. Puse el plato encima de la mesita del computador, agarré una chancleta y le seguí el rastro con los ojos. Espero el momento a que baje, se coloque a una distancia razonable y le pego su paliza, pensé.
La cucaracha, a la que voy a llamar Blanquita para evitar ser peyorativo y porque, además, todo ser viviente tiene derecho a un nombre decente, siguió la ruta horizontal de la pared con velocidad de atleta, se situó encima de la otra cortina que daba al fire scape, meneó las antenas, se apoyó con las alas y se frotó las patas. Al final se paró en la orilla de la ventana por donde se colaba un airecito frío. Parece que no le gustó el ambiente afuera y tomó la vía de regreso a su punto de partida. Le eché mano al plato y me senté a cenar. No quería perderla de vista, pero tampoco deseaba perderme la novela porque la villana, una rubia bien hecha, me tenía loco. No tanto por la belleza, sino, más bien, por lo malvada. Por suerte, llegaron unos cuantos comerciales. Odio los anuncios porque interrumpen la novela en el momento de mayor emoción. Aunque, eso sí, en ese instante aprendí a quererlos.
Ya en el punto original, Blanquita se detuvo y se envolvió en la cortina. Luego cruzó a tres pies por encima del televisor. Sintió el calorcito y siguió en línea recta. Pensé que, tal vez, el nuevo nombre le hizo olvidar que era cucaracha porque intentó bajar como si fuera araña. Solté el plato, volví a coger la chancleta y me puse alerta. Por fin dejaron de dar comerciales.
Las sirvientas iban a la cocina y regresaban al comedor con más sopa. Recogían los platos sucios, y a la familia se le veía degustar con el color y el sazón del cocido. Nunca había visto una escena de cena tan larga. Yo tenía los ojos fijos en la pantalla, esperando la aparición de la malvada. Mientras, ella se llevó la seña, ascendió hasta el borde entre el techo y la pared y corrió hacia la puerta del cuarto. Dije: Mira, Blanquita, tú no me vas a poner de relajo. Baja, coño, un poco más. Agarré la silla, subí un pie y con el otro cogí impulso para golpearla, pero no pude. Se movió. Me quedé en la silla casi dos minutos esperando a que bajara. Llegó a la esquina de la pared y giró hacia el punto inicial. Olió como sabuesa. Dos pasos hacia abajo y tres hacia arriba como los borrachos. Por fin decidió bajar sin titubeos. Me quedé tranquilo con la chancleta en la mano, casi sin respirar. Blanquita se colocó sobre el cable, saltó hacia el toma corriente.      Decidí ir acercándome poco a poco y agachadito. Sobre el cable, ella parecía hacer malabares. Esperé a que se colocara en la pared. No lo hizo. Yo no quería perder tiempo. Se me podía escapar.
En la escena familiar entró la antagonista con una mirada amenazante. Se acercó a la mesa y dijo: ¿Me invitan?, con una sonrisa irónica. Un plato de comida no se le niega a nadie, dijo la señora. Entonces la villana agarró el cucharón y lo entró en la sopera. Vi que el ángulo era cómodo para golpearla y levanté el brazo. Pero entonces ella saltó al cable, subió hacia la parte superior del televisor y se metió por uno de los hoyitos. Mierda. Tiré la chancleta de un golpe contra la pared, me senté y me dispuse a beber la cena fría.
De repente, una voz en la tele voceó: Cooorten, una cucaracha le cayó a la sopa.

La cita médica

Por una cita médica perdí el trabajo y a mi mujer. Era martes. Cuando llamé para una cita, la recepcionista del centro médico me dijo: “Puede venir mañana de ocho a doce.” E insistió: “No después del mediodía, ¿oyó?” El horario me quedó como un traje a la medida porque tenía que comunicarle a mi jefa que yo iba a ver al doctor y que después del chequeo me presentaba, para que no me descontara el día. Sí, ya sé que por ley a cada trabajador le tocan cinco días de enfermedad, pero resulta que los míos se acabaron en los primeros dos meses del presente año y sólo me quedaba darle cotorra. Además, consideraba que mi trabajo era una responsabilidad que tenía que honrar. No sólo por lo voluminoso que llegaba mi paycheck, sino también porque muchas de las tareas dependían de mí.
Trabajaba en una pequeña compañía que compra accesorios para las mujeres en China y en Corea y los vende a varias cadenas de tiendas por departamento en todo los Estados Unidos y me encargaba hacer las facturas de venta y coordinar el envío de las órdenes.
Yo me levanto temprano sólo cuando tengo que ir a trabajar. En esto, creo, que no soy el único. Y el miércoles, día de la cita, la sábana parecía enredarme. Estrechaba los brazos y las piernas como forma de quitarme el sueño de encima. Mientras más uno se estira, más se enreda la sábana entre los pies. A las nueve de la mañana el reloj me tocó la campana y me tiré de la cama sin darme cuenta. Me alisté en un abrir y cerrar de ojo. Me puse un jean azul y una camiseta de los Metz, también azul pero con rayas blancas. Le eché mano a la novela “Un kilómetro de mar”, del compatriota José Acosta, y salí del apartamento sólo con un té en el buche. Con el tiempo arriba, me dirigí a tomar la guagua 36. Al llegar a la  avenida Tremont, vi que ya estaba en la parada de la esquina con la calle Morris y corrí para alcanzarla antes de que el semáforo cambiara de rojo a verde. Sin éxito. Le hice seña al chofer para que me abriera la puerta, pero este lo que hizo fue inclinar el dedo pulgar hacia atrás, como diciéndome: “Espera la otra”. Pensé que si me quedaba a esperar treinta minutos, mi turno no iba a ser de los primeros en la lista. Sí, ya sé que tengo una cita. Pero resulta que el doctor atiende a los pacientes por orden de llegada. Y decidí correr. Corrí dando zancadas como los canguros hasta la próxima parada, que queda cerca de la calle Davidson. Y como en cada esquina hay un semáforo, pude llegar casi primero. Eso sí, con la garganta seca y con poco aire. La 36 corre por Tremont, se mete a la avenida University y cruza hacia el alto Manhattan, a través del puente de la calle 181, por donde está el centro.
Subí a la guagua, caminé hacia la parte de atrás como un remolino a través de la gente y me senté en el asiento del medio. No sé por qué la parte trasera de todas las cosas suele ser tan caliente. Tomé aire y abrí el libro. Había personas que me miraban como si la lectura fuera un fenómeno paranormal. Unos lo hacían de reojos; otros, los más cercanos, con miradas tan cortantes que hasta me toqué por todo el cuerpo para asegurarme de que no sangraba. Quizá quieran darse un chapuzón en este kilómetro de mar. Lo pensé, tal vez, por el calor que hacía. No sé. Un kilómetro de mar podía refrescarles el día. Pero uno de ellos no aguantó más y, cuando me estaba preparando para meterme en la lectura, me sacó de la duda. Con una cara de Bulldog, me dijo: “jei, llú, séi esquius mi”. No le puse mucha atención a ese metiche y reinicié la novela en la página 72, no estoy seguro, que es donde Lucía tenía una cafetera de cuello de cisne y, después de servirle a los presentes una taza caliente, agarró por un brazo al teniente Lizardo Rojas y se lo llevó a la cabaña. Me quedé pensando en la primera vez que lo hice con la señora Matilde, una cuarentona que trabajaba en el prostíbulo de mi madrina Socorro, hasta que escuché la voz del chofer anunciando la última parada, a casi cinco calles más arriba de la cual yo tenía que apearme. Eché dos coños al aire. Me desmonté, crucé la calle y caminé los cinco bloques hacia atrás. Llamé a mi mujer para decirle lo que me había sucedido. Ella me dijo: “Fíjate, ese tiempo que perdiste afecta tu turno”. Cuando llegué al centro eran las diez y cuarenta y cinco y la sala de espera estaba casi vacía. Sólo había dos personas. Bueno, por suerte estoy a tiempo y esto no está repleto como suele ser, pensé. De inmediato me acerqué a la recepción:
—Buen día, señorita. Tengo una cita.
La joven dejó escapar un bostezo. Tenía los labios cenizos, aún.
—¿Con cuál doctor?
—Con Comas.
Ella se pasó los dedos sobre los ojos y miró el monitor:
—¿Cuál es tu nombre?
—Alfonso Sanabria Reyes.
—¿Tienes seguro?
—No —le dije.
La señorita tecleó algo y, mientras esperaba que la compañera, que estaba a su lado tomando notas, terminara con el cuaderno para darme el turno, me dijo:
—Señor, se puede sentar. Yo le llamo.
Fui a un rincón de la sala, me senté, tiré la pierna derecha encima de la otra y volví a abrir el libro. Esta vez en la página 71. Pero antes de regresar a la lectura, agarré el celular y mandé dos mensajes de textos: “More, parece que el doctor me va a llamar pronto. Te dejo saber”. Y el otro a mi jefa: “Estaré allá al mediodía como le prometí”. Entonces guardé el aparato en el bolsillo. A la sala entraron dos muchachos con un señor que tenía cara de abuelo. Los miré por encima de los lentes. Luego me puse a leer. Los muchachos, mientras tanto, miraban al niño como a un bicho raro, como a un ser llegado de otro planeta. Lucía sirvió una ración de comida al anciano, quien, tras sentarse en el extremo opuesto del ingeniero, se quitó la gorra traposa y las marañas de su pelo algodonoso empezaron a beberse la luz de la bombilla. Cuando el ingeniero Moronta terminó de comer, la mujer, desde la puerta, le dijo: “¿Un poquito de café, don Chicho?”
—Tráigalo, mi hija, que el hombre tiene que tener algún vicio.
—Pero usted los tiene todos, don Chicho —se carcajeó el teniente.
Los muchachos también se rieron.
—No me caliente con mi mujer, teniente —se quejó el viejo—. Recuerde que las mujeres dudan más de lo que ven que de lo que oyen.
Despegué la vista del texto por un momento. Parece que el ingeniero, es decir, don Chicho, tenía otra mujer cerca de su casa y no quería que el teniente Lizardo Rojas hablara del tema, para que no dejara pista alguna que pudiera propagarse. La conversación me abrió los ojos, y reflexioné dándole la razón al viejo. Porque las paredes tienen oídos. Y mi mujer duda más por lo que oye que por lo que ve. Por eso es que yo no ando hablando mis cosas en los grupos. En ese momento salieron de la sala de espera los dos muchachos con el señor que tenía cara de abuelo y entraron tres mujeres más que siguieron por el pasillo hacia el consultorio del doctor. Las dos primeras personas seguían sentadas todavía, mirando la novela de las once, de Univisión. Yo continuaba con el libro. El ingeniero Moronta tenía a un pequeño grupo de muchachos adolescentes y a un anciano, como huéspedes. Y cada vez que el ingeniero hablaba, el anciano repetía emulando el tono de voz.
—Este galipote tiene ese don — aclaró el ingeniero y, dirigiéndose al anciano, le dijo —: Teniente, cuéntele a mis huéspedes cómo consiguió escalar jerárquicamente en la milicia, hasta llegar a teniente, haciéndose pasar por Trujillo.
El anciano, al escuchar la petición de don Chicho, pareció atragantarse. Digo, todo el mundo tragaba en seco cuando se mencionaba al dictador dominicano. Detuve la lectura porque escuché el timbre de mensaje: “¿Ya te llamaron?”, me texteó mi mujer. “No, todavía”, le devolví. Un joven, vestido de enfermero, se presentó a la sala con una lista en la mano. La miró, relojeó y luego se fue sin decir nada. Las tres mujeres salieron del consultorio con los resultados en las manos, diciendo que mejor regresaban más tarde.
Me paré un rato para evitar el calambre y, cuando me senté, cambié la pierna de posición. Levanté un poco las nalgas y seguí con la novela. No recuerdo qué capítulo era ni qué página leía. En ese instante la luz de la bombilla se intensificó de tal modo, que la superficie de la mesa adquirió nuevos matices, los mangos del frutero brillaron como brasas y la sombra de la pequeña ciudad que levantaban los objetos pareció acentuarse. Ya la novela de Univisión había terminado y pasaban avances de las que estaban programadas para la noche. También en la parte que estaba leyendo se había terminado otra novela porque don Chicho dijo:
—Apagaron la televisión; ya se acabó la novela.
Creo que se llamaba el Derecho de nacer o Nacer sin derecho, no estoy seguro. Cuando don Chicho dijo eso, se escuchó un leve portazo, cuchicheos y risitas. Entre tanto, en medio de todo ese bullicio, escuché que alguien dijo:
—Señor Sanabria.
“Por fin, pensé, llegó mi turno”. Cerré el libro, miré el reloj y me dirigí hacia la recepción. Allí, frente al mostrador, saqué el celular y le escribí un texto a mi mujer: “Ya voy a ver al doctor. De aquí me iré al trabajo”. El mismo mensaje le envié a mi jefa. Para ese entonces eran las once y treinta y tres minutos. Estaba seguro que el doctor no iba a tomarse más de media hora conmigo, porque yo no hablo mucho y voy siempre al grano. Cerca del centro corre el tren A, por lo que estaba seguro que llegaría a la calle 36 de Manhattan, a más tardar a la una.  La señorita me miró y yo quise creer que ella lo hacía con pena, como si quisiera excusarse por haberme hecho esperar, pero no lo hizo. Ya no tenía los labios cenizos ni bostezaba. Abrió el cuaderno, tomó un lápiz, y me dijo:
—Señor, usté es el número diecisiete. El doctor llega después de las dos.

Cuando desenfocas

Me quito los lentes y limpio el polvo de los cristales. Me aseguro de que no quede partícula alguna que me empañe la visión. Mi tía Socorro está en el borde, cerca de la línea vertical que limita, encierra o enmarca el retrato (qué sé yo, seleccione la palabra correcta). Cualquiera podría pensar que ella no quería ser enfocada por el viejo Clín. El viejo Clín era el fotógrafo del barrio. Si no le buscaban un trago no tiraba la foto. Todo parece estar en blanco y negro. Como en un día neblineado o ahumado. Pienso que, al ser tomada con una cámara de los años sesenta, de cuyo flash salía una bola de nube como el chispazo de un corte de circuito, el humo quedó insertado en el ambiente de la fotografía.
El escenario se parece a un patio. Yo creí siempre que era un parque o el frente de la casa del abuelo, en la calle. Y todavía lo aseguro. Otra vez vuelvo a quitarme los lentes para limpiarlos. Me paso el pañuelo por los ojos. Ahora veo clarito unos tendederos llenos de trapos sucios, goteando mugre. El sol se ve borroso. Dudo que se seque la ropa. Por eso pienso que la tía no quería salir en la foto, para que no la vieran siempre con el mismo vestido negro.
Sin embargo, no es la imagen gris de mi tía Socorro lo que quiero detallar. Esa sombra de fantasma para meter miedo a los chiquitos, no. En el otro extremo, ocupando casi más del cincuenta por ciento del espacio, aparece otra sombra de un trío como alejándose. Deben ser tres mujeres porque van modelando. Detrás hay una luz plateada que ejerce la función de contraste. Si no fuera por ese fondo, se podría pensar que se trata de tres ánimas custodiando a la tía. También bajan, desde la línea horizontal que limita, encierra o enmarca la foto (qué sé yo, seleccione la palabra correcta), ocho rayos como para que la escena no se vea tan monótona o vacía.
Dirijo los ojos hacia la casa. Se ve un punto negro pegado a la puerta como si fuera un chicle. Desde hace mucho tía Socorro venía diciéndome que ese punto negro era yo cuando tenía cuatro años. Por supuesto que no le creía ni loco. Aunque cada vez que tengo oportunidad agarro el álbum y busco esta parte del retrato, para ver si puedo encontrar en esa cosa algún parecido conmigo. Y resulta que, siempre que llego a ese punto, siento la visión nublada.
Para colmo de mi existencia, a casi todo el que le muestro la fotografía me dice que fue tomada en un zoológico, que las tres personas modelando son tres focas, y blablablablá. Tía nunca me aclaró eso. Digo, no me aclaró nada. Por eso tengo que limpiar los lentes.
Ahora siempre me quedo asombrado. Y nunca sé si reírme o echarme a llorar cuando todos los primos me recuerdan que el punto negro soy yo.

José Minaya Peña nació en Santiago de los Caballeros, República Dominicana. Obtuvo la Licenciatura en Administración de Empresas en la universidad O&M, en 1994. En 1999 se trasladó a la ciudad de Nueva York. Estudió contabilidad computacional en el College for Technology (TCI). También realizó cursos de principios de economía política, fundamentos de economía, ciencia de la economía y economía aplicada en la escuela de ciencias sociales Henry George. Además de este taller, ha realizado cursos de poesías y de narrativa orientada a la novela y al cortometraje. En 2013, publicó su primer poemario: “Canción nocturna de una soledad adúltera”, Editorial La Tuerca.

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