Poemas – Pamela Neme Scheij

Nadua

Cuando papá cierra su boca
para callarse o dormir
veo a Nadua, esos labios
de ondulación aguda
un gesto en mi abuela
idéntico al dolor.

Ella anda aún
en las fotos escasas
da cuerda a sus pestañas
para continuar mirándome
quietita en el recuerdo
en mí que nací tarde
y no alcancé ni sus brazos.

***

Cuánto vio de niño
en los pasillos tenues
de su casa.
Mecánica de la memoria
que lo dejó sobrevivir
a su apellido.

Reitera el cuento mi papá
como quien rinde homenaje
a sus muertos o escribe
penas viejas en mis oídos.

***

Ese hombre
la trajo a un mundo
carente de hermanos
todo ranchos y fronteras.

Los días de barco
a él le dejaron un látigo
en la mano y una piedra
en cada ojo.

Ya no la amó
sino detrás de su espalda
o debajo de sus pies.

***

En las afueras de Salta:
mitad pueblo, tierra
mitad blancos, cruces.
Una rutina: parir, parir
inventar la cena
creer en él.

***

Áspero al nombrarla
al pasar junto a ella
aunque hubiese lágrimas
o algo que nunca podía
ser dicho.

Atrancó un candado
en Salta, varios cuernos
otro en Cangallo, varios cuernos.
Corroída la aventura
le dejó a Nadua
casi toda la soledad.

***

Debía servirle la cena
el licor de anís. Suspiraba
alto para aguantar el llanto.
Desoía cada palabra
estaba en cada gesto
de su madre. Fija
como en un cuadro
frente a las hornallas
esperaba el final, un plato
de nuevo limpio, la casa
sin patrón.

***

Mi papá cruzaba los dedos.

Igual escribía las cartas
que dictaba el padre. Analfabeto
en la lengua del hijo, en su alma
y aún así, la orden o el desprecio.

Mi papá suspiraba alto
mueca de odio inocultable.
Sesenta años después
nos repite el relato
para extirpar la espina.

***

Una tarde
su corazón lo detuvo.
No llegó a disculparse. Ese día
mi papá no lloró. Nadua sí
por el amor escatimado
por la vida desgraciada.

Descalza, ante la rectitud
de nuestro espejo, observó
su cuerpo azotado por esa falta
de amor. Vio a una mujer
a media luz
que aún respiraba.

***

Un bronce opaco
rodeaba nuestro apellido
en el cementerio de San Martín.
Lo robaron.

Mi papá quedó huérfano.
Su madre y su hermana
acá sólo son huesos.

Para adornarlas, llevamos
dalias moradas envueltas
en papel celofán. En el suelo
como caídas
tuvimos que dejarlas.

Cuando vacíen los nichos
seguirán las anécdotas tristes.

***

Como Nadua en la niñez
tatué nuestro linaje
en mis brazos.

Sus líneas, sus sombras
acomodan cada pena
cada entrega y esperanza
en su lugar preciso.

El vibrar de tu voz, papá
entrama los vestigios
de esas memorias
ya casi sin dueños.
No quiero
que se disuelvan. Escribo
todo lo que puedo.
Lo hago
como si tejiera a dos agujas
con dos espinas.

Un día

la verdura se deshacía en la sopa
llegué a tu casa cuando ya guardabas
la segunda cuchara en el cajón
achinaste los ojos en un esfuerzo
por verme entrar o entender
hasta que tiré la boina, el saco
la voz de mis padres
y comenzaste a creer
en mis promesas

***

descansé esa noche
un rumorcito de árboles
la luna expandida
observaban tu balcón
sin cortinas, rita, tu gata
negra, sobre mi pecho
vigilaba el sube y baja
de nuestro respirar

yo parecía una criatura
dando pasos cortos
con los brazos estirados
a tropiezos alcanzando
el abrigo de tus manos
que además de comida
dieron verdad a mi boca

***

tus párpados tendidos
son el signo de tu cara
anuncian al caer
sueño, dolor, serenidad
me iniciaron de una vez
infinita en el rito de besarlos
para comprender los dos
dónde estás en mí

***

pude escaparme, mentir
que la sopa en tu casa
era la cena con amigas
que la hora de llegada
no era más que el tren
tortuga o el estudio
que ahuyenta el sueño
y entonces este aspecto
de trasnochada

supe dejar que la razón
se lleve a quien quiera
– a mis padres y sus miedos –
a los que atajan el mundo
a la horca

escribir en los márgenes
de mis apuntes, en los pisos
de la casa familiar, dar materia
al absurdo de sus emboscadas

aprovechar la ocasión
para que crezcan ya solos

***

entonces sucedía, se evaporaban
en la galaxia y yo a pasos enormes
saltaba hacia vos, la carne viva
en mis pies por tantas patadas
furiosas a las palabras tercas
su temor a perderme

***

al amor lo armamos
con rastis chamuscados
nunca preferimos pájaro
en mano a cien volando

lo hicimos así
un juego de estrategia
cuyas reglas no serían escritas

pusimos los bloques
tan de a poquito
que parecíamos despertando
de una siesta de verano

***

cuando me serviste la cena
justita en calor y sal
te sentí tan verdadero
que entré en tu cama
iluminada, descalza
como al mar en enero

ya no lloraría a mis padres
por ser cuarenta años mayores
o por la culpa de impedirles
que roben mi juventud

***

me acurruqué en tu brazo derecho
pensaba en las apariciones mínimas
un cruce de alientos al pasar
la vibración de tu voz, un pie desnudo
rozando otro
pueden volverse una maravilla
no para vivir sino para creer

***

como una figurita existente
en el cuaderno de uso diario
pegamos cada yo
sin trastornos ni lamentos
sin caprichos

no por deshacernos del otro
no, es que aprendimos a amar
dejando de cruzar los dedos
de reclamar exclusividad
de dar por hecho que la casa
estará limpia al entrar en ella

Pamela Neme Scheij nació en Buenos Aires en 1985. Desde entonces, vive en Ciudad Jardín. Se licenció en Letras. Trabaja como docente de literatura en escuelas secundarias y fabrica zapatos infantiles. Junto con amigos creó el blog literario Rojo al oeste, que más tarde se transformó en el ciclo de música y poesía Santería rojo vivo, vigente aún, siempre en el oeste del conurbano bonaerense.

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